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spacer sumario staff libros archivo enlaces malabia blog correo img Año 3 | mayo 2007
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:: Malabia :: arte, cultura y sociedad | Barcelona, Montevideo, La Plata

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La literatura del siglo XX
España: De la generación del 98 a la Guerra Civil


Primera Parte: La generación del 98 y el Novecentismo

[análisis]

 

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Escritores y artistas de la generación del 98. (Zuloaga).

A finales del siglo XIX España era uno de los países más atrasados de Europa, pero con un atraso peculiar, determinado por el gran pasado histórico del país. (Esa característica va a marcar a fondo su literatura -y la mentalidad de sus gentes- que nunca parece querer renunciar a esa grandeza pasada).
El descubrimiento de América, que la había fortalecido y enriquecido, se volvió contra ella. Ya a partir del siglo XVI la decadencia es evidente y se agudiza con la derrota de la Armada Invencible (1588).
Ese retraso del desarrollo económico del país debilitó las tendencias centralistas inherentes al capitalismo. La pobreza de recursos y el malestar de los pobladores no podían hacer otra cosa que alimentar las tendencias separatistas de las regiones. Todo lo contrario que en la vecina Francia, donde la Revolución afirmó la nación burguesa, única e indivisible.
España ha sido, y lo es hasta nuestros días, un país de países o regiones  (según como quiera verlo cada uno), de diferente importancia y muchas veces encontradas. Si no se parte de esa constatación se hace muy difícil entender los hechos históricos, la mentalidad de los habitantes y ciertos sucesos que serían impensables en otros lugares.
Llegamos, entonces, al fatídico año de 1898 con un país en franca decadencia, pobre y dividido. En ese año España se ve obligada a entrar en una guerra dudosa con los Estados Unidos (parece probado que el ataque al buque norteamericano, excusa para desatar el conflicto, fue obra de los mismos estadounidenses, lo cual no es ninguna novedad) en la que debe ceder Puerto Rico y Filipinas a Estados Unidos y pierde Cuba, su última gran colonia.
Con esas pérdidas el país queda convertido en el esqueleto de un gran gigante y se repliega sobre sí mismo.
No es casual, dado el momento histórico, que la principal preocupación de la llamada generación literaria del 98 sea, como lo sintetiza Unamuno, “el fondo intrahistórico del pueblo español”, es decir, sus paisajes, sus costumbres, sus manifestaciones artísticas. Una especie de vuelta a los orígenes que tiene en Ramiro de Maeztu su exponente más extremo y en Antonio Machado su alto vuelo poético.
Ese camino de búsqueda de la hispanidad ya lo había iniciado con anterioridad Ángel Ganivet, para quien el ser español es el resultado de la fusión del estoicismo senequista, el cristianismo y el temperamento árabe y tiene como defectos la abulia, la falta de energía y una voluntad débil.
Los integrantes de la generación del 98, tomados como grupo, interpretan, igual que Ganivet, el problema de España como un problema de mentalidad más que económico, político o social. Mirado desde ese punto de vista es lógico que imaginaran la literatura como una forma de ayudar a solucionarlo y se lanzaran a ello indagando para renovar ideales y creencias. Como es lógico,  son pesimistas e individualistas, con un acercamiento filosófico a Schopenhauer y Kinkeegard, y vienen de las clases acomodadas, las únicas que podían plantearse el trabajo intelectual.
Los componentes más destacados de esta corriente liteararia son: Ángel Ganivet, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, José Martínez Ruiz “Azorín”, Pío Baroja y Ramiro de Maeztu.

Miguel de Unamuno nació en Bilbao y estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid. En 1894 ingresaba en la Agrupación Socialista colaborando con su semanario, Lucha de clases. Tres años después abandonaba su tarea por una fuerte depresión. En 1901 es nombrado Rector de la Universidad de Salamanca. Trece años más tarde es destituido por razones políticas. En 1920 es elegido por sus compañeros decano de la Facultad de Filosofía y Letras y ese mismo año es condenado a dieciséis años de prisión por injurias al Rey, sentencia que no llegó a cumplirse. En 1921 es nombrado vicerrector. Sus constantes ataques al rey y al dictador Primo de Rivera hacen que este último lo destituya nuevamente y lo destierre a Fuerteventura.  Indultado poco después, marcha a Francia. A la caída del régimen de Primo de Rivera vuelve a Salamanca y es elegido concejal por la conjunción republicano-socialista en las elecciones del 31. Proclama entonces la República en Salamanca. Desde el balcón del ayuntamiento, el filósofo declara que comienza "una nueva era y termina una dinastí­a que nos ha empobrecido, envilecido y entontecido". El Gobierno de la República le repone en el cargo de Rector de la Universidad salmantina. Se presenta a las elecciones a Cortes y es elegido diputado como independiente por la candidatura de la conjunción republicano-socialista en Salamanca. Pese a todos sus logros, el escritor e intelectual empieza a desencantarse y en 1933 decide no presentarse a la reelección. Al año siguiente se jubila de su actividad docente, es nombrado Rector vitalicio y en 1935 Ciudadano de honor de la República.
Durante el verano de 1936, de forma sorprendente, hace un llamamiento a los intelectuales europeos para que apoyen a los militares sublevados, declarando que representaban la defensa de la civilización occidental y de la tradición cristiana, lo que causa tristeza y horror en el mundo. Azaña lo destituye, pero el gobierno de Burgos le repone de nuevo en el cargo. Sin embargo, el entusiasmo por la sublevación pronto se torna en desengaño. En sus bolsillos se amontonan las cartas de mujeres de amigos, conocidos y desconocidos, que le piden que interceda por sus maridos encarcelados, torturados y fusilados. A finales de julio, sus amigos salmantinos, Prieto Carrasco, alcalde republicano de Salamanca y José Andrés y Manso, diputado socialista, habían sido asesinados, así como su alumno predilecto, el Rector de la Universidad de Granada, Salvador Vila. En la cárcel se hallaban recluidos sus íntimos amigos, el doctor Filiberto Villalobos y el periodista José Sánchez Gómez, éste a la espera de ser fusilado. Su también amigo, el pastor protestante Atilano Coco, estaba amenazado de muerte. A principios de octubre, Unamuno visita a Franco en el palacio episcopal para suplicar, sin éxito, clemencia para sus amigos presos. Entonces se arrepiente públicamente de su apoyo a la sublevación. Durante el acto de apertura del curso académico en la Universidad, el 12 de octubre de 1936, Día de la Raza, Unamuno critica duramente la rebelión, sentenciando al final: "Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque os falta la razón". Le contesta el general José Millán-Astray (el cual sentía una profunda enemistad por Unamuno, que le había acusado inopinadamente de corrupción) gritando "A mí la Legión, Viva la Muerte (lema de la Legión)” y "Abajo la inteligencia"; Unamuno contesta "Viva la vida" (casi un insulto a la Legión). El general se retira indignado. La esposa de Franco, Carmen Polo, toma del brazo a don Miguel y le acompaña, rodeada de su guardia personal, a su casa.
Ese mismo día la corporación municipal se reúne de forma secreta y expulsa a Unamuno. Franco firma su destitución como Rector vitalicio. Sus últimos días de vida los pasa bajo arresto domiciliario en su casa, en un estado, en palabras de Fernando García de Cortázar, de resignada desolación, desesperación y soledad.
Unamuno es el ejemplo más claro de una época. Su lucha personal con la idea de Dios y su búsqueda de España en su concepción más metafísica, lo llevan a una duda y a un cambio constantes en sus posiciones políticas. Su acercamiento al “problema vasco” es sumamente confuso, igual que su militancia política, ya que de socialista y republicano extremo pasa a apoyar el franquismo.
Las dudas de Unamuno son llevadas al escepticismo por Pío Baroja. Su idea del mundo es la de un lugar sin sentido y su falta de fe en el ser humano lo lleva a rechazar cualquier posible solución vital, ya sea religiosa, política o filosófica y lo conduce a un marcado individualismo. A ello se agrega su descuido en la forma de escribir. Eso se debe a su tendencia a crear lo que denomina una “retórica de tono menor”, caracterizada por la sencillez y economía expresivas. La filosofía de sus novelas está impregnada del profundo pesimismo de Schopenhauer, pero predica en alguna forma una especie de redención por la acción, en la línea de Friedrich Nietzsche: de ahí que­ los personajes aventureros y vitalistas inunden la mayor parte de sus novelas al lado de otros abúlicos y desengañados. No es casual, dada esta vertiente viotalista, que fuera admirado por Hemingway.  Pero pese al escepticismo y falta de fe, Baroja –que era un hombre de clase social acomodada– termina por identificarse con las doctrinas liberales –aunque sin abandonar en ningún momento sus ideas anticlericales– y apoya el alzamiento militar del 36.
Azorín es miembro destacado de la generación del 98 y respetuoso de sus esencias. Como casi todos los demás integrantes de esta corriente, coquetea en su juventud con el anarquismo para instalarse luego en el conservadurismo extremo. Descendiente también de una familia acomodada –su padre era abogado, llegó a ser alcalde y militaba en el partido conservador–, su obra marcha paralela a su vida: si en sus primeros textos examina aspectos concretos de la realidad y analiza los graves problemas de España, en lo sucesivo su objetivo será profundizar en la tradición cultural desde reflexiones que surgen espontáneamente a partir de pequeñas observaciones del paisaje.
Antonio Machado es el poeta por excelencia de la generación del 98. Personaje un tanto atípico dentro de la corriente, su vida está marcada por los problemas económicos y la muerte de su mujer. Se mantuvo fiel a sus ideas hasta el fin de sus días y murió en el exilio en Francia. Su poesía se inicia con Soledades, libro que se puede encuadrar dentro de la corriente del Modernismo pese a contener muchos rasgos peculiares de su lírica posterior. Es en Campos de Castilla donde desaparecen los rasgos modernistas y se presenta el noventayochista, preocupado sobre todo el poeta por el espacio geográfico que le rodea y sus gentes.  A ese libro seguirán un grupo de poemas escritos tras la muerte de su mujer en los que la memoria tiene papel fundamental; una serie de poemas breves, reflexivos y sentenciosos que llamará Proverbios y Cantares y unos textos de crítica social a la España del momento.

El siglo XX se inicia con la coronación de Alfonso XIII como monarca. En 1907 gana las elecciones Antonio Maura, del Partido Conservador. Políticamente el país no se ha recuperado del varapalo moral que supuso la pérdida de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, sus últimas colonias de ultramar y vive inmerso en un sistema de alternancia de dos partidos políticos: el Conservador y el Liberal, que obtienen el gobierno por medio de unas elecciones totalmente controladas por medio del caciquismo, sistema electoral en el que de antemano se conoce  el partido vencedor de las elecciones.
En Cataluña la formación ganadora de las elecciones resulta ser la burguesa y nacionalista Solidaritat Catalana. Socialmente, los obreros españoles estaban comenzando a tomar conciencia sindical, especialmente en Barcelona donde socialistas, anarquistas y republicanos eran muy numerosos. Esa conciencia, unida al rechazo al acercamiento de Solidaritat Catalana al Partido Conservador de Maura, hace surgir la confederación sindical Solidaritat Obrera.

Tras la pérdida de sus colonias, España buscó una mayor presencia en el norte de África, logrando en el reparto colonial efectuado en 1904 y en la Conferencia Internacional de Algeciras de 1906, el control sobre la zona norte de Marruecos. En julio de 1909 los obreros españoles que trabajaban en la construcción de un ferrocarril que unirí a Melilla con las minas de Beni-Buifur, propiedad de una sociedad controlada por el conde de Romanones y el marqués de Comillas, son atacados por los cabileños de la zona. Este pequeño incidente –inicio de la Guerra de Marruecos que se extenderá hasta 1927–, será utilizado por el gobierno de Maura para iniciar un proyecto colonialista en contra de la opinión popular española, imbuida en un sentimiento pacifista y antimilitarista. Se ordena la movilización de los reservistas, medida muy mal acogida por las clases populares debido a la legislación de reclutamiento vigente que permitía quedar exento de la incorporación a filas mediante el pago de una canon de 6.000 reales (el sustento diario de un trabajador ascendía en la época aproximadamente a 10 reales). En Madrid se acuerda una huelga general para el 2 de agosto, pero en Barcelona, Solidaritat Obrera decide actuar por sorpresa y fija un paro de 24 horas para el 26 de julio, que degenerará en la Semana Trágica. El 27 de julio llegan noticias sobre el Desastre del Barranco del Lobo , donde perecieron 1.200 reservistas en su mayor parte de Barcelona. La noticia provoca una insurrección con levantamiento de barricadas en las calles. De la inicial protesta antibélica se pasa rápidamente a la protesta anticlerical con el incendio de iglesias, conventos y escuelas religiosas. Este giro anticlerical de los amotinados tiene su causa en varios motivos muy arraigados en el proletariado urbano al ser la Iglesia, a diferencia de los gobernantes, empresarios o banqueros (que no se vieron afectados directamente por el motín), la institución que estaba más en contacto con el pueblo, lo que daba lugar a fricciones continuas. La educación, por ejemplo, era impartida en escuelas controladas por la Iglesia. En ellas se inculcaba a los hijos de los obreros unos valores contrarios a la causa obrera. Los hospitales e instituciones de beneficencia estaban regentados por religiosos y el trato de la clase obrera era denigrante. Además, la Iglesia había impulsado a los denominados sindicatos amarillos opuestos al sindicalismo anarquista.
El Gobierno proclama el estado de guerra en la ciudad y la ley marcial, cruzándose los primeros disparos en la zona de las Ramblas con el ejército, que abandona la actitud pasiva mantenida hasta entonces. El 28 de julio Barcelona amanece con numerosas columnas de humo procedentes de los edificios religiosos asaltados e incendiados. El comité de huelga se muestra incapaz de controlar a los obreros, y la insurrección se desborda porque la guarnición y las fuerzas de seguridad se niegan a combatir a los huelguistas a quienes consideran sus compañeros. Al otro día el motín popular inicia su declive debido a la ausencia de una dirección efectiva. La única esperanza que les quedaba a los sublevados a esa altura era lograr extender la situación al resto de la Península, cosa que no se produjo al actuar el Gobierno aislando Barcelona y difundiendo la noticia de que los sucesos de la ciudad tenían carácter separatista. Este mismo día llegan a Barcelona tropas de refuerzo procedentes de Valencia, Zaragoza, Pamplona y Burgos, las que finalmente dominan entre el viernes y el sábado los últimos focos de la insurrección. El balance de los disturbios supone un total de 78 muertos (75 civiles y 3 militares); medio millar de heridos y 112 edificios incendiados (80 religiosos). El gobierno Maura, por medio de su ministro de la Gobernación Juan de la Cierva y Peñafiel inicia de inmediato una represión durí­sima y arbitraria. Se detiene a varios millares de personas, de las que 2000 fueron procesadas resultando 175 penas de destierro, 59 cadenas perpetuas y 5 condenas a muerte. Además, se clausuraron los sindicatos y se ordenó el cierre de las escuelas laicas. Los cinco reos de muerte fueron ejecutados, el 13 de octubre, en el castillo de Montjuic. Entre ellos se encontraba Francisco Ferrer Guardia, cofundador de la Escuela Moderna, a quien se acusó de ser el instigador de la revuelta basándose únicamente en una acusación formulada en una carta remitida por los prelados de Barcelona. Estos fusilamientos ocasionaron una amplia repulsa hacia Maura en España y en toda Europa, organizándose una gran campaña en la prensa extranjera así como manifestaciones y asaltos a diversas embajadas. El rey, alarmado por estas reacciones tanto en el exterior como en el interior, cesa a Maura y le sustituye por el liberal Segismundo Moret.

La generación del 98 se continúa con el denominado Novecentismo. El guía intelectual de esta corriente es José Ortega y Gasset, que no sólo fue escritor sino también profesor, conferenciante y fundador de la Revista de Occidente. Su pensamiento filosófico queda resumido en su frase: "Yo soy yo y mi circunstancia" Ortega insiste en lo que está en torno al hombre, todo lo que le rodea, no sólo lo inmediato, sino lo remoto; no solo lo físico, sino lo histórico, lo espiritual. El hombre, según Ortega, es el problema de la vida, y entiende por vida algo concreto, incomparable, único: "la vida es lo individual"; es decir, yo en el mundo; y ese mundo no es propiamente una cosa o una suma de ellas, sino un escenario, porque la vida es tragedia o drama, algo que el hombre hace y le pasa con las cosas. Vivir es tratar con el mundo, dirigirse a él, actuar en él, ocuparse de él. En otros términos, la realidad circundante "forma la otra mitad de mi persona". Y la reimpresión de lo circundante es el destino radical y concreto de la persona humana. Ejerció gran influencia en pensadores y escritores como Antonio Machado, Francisco Ayala, María Zambrano, José López-Aranguren, Octavio Paz, Albert Camus, y sobre las corrientes de la nueva metafilosofía.
Junto a Ortega aparece el catalán Eugeni D´Ors, destacado escritor, ensayista, periodista, filósofo y crítico de arte, formado en los ambientes literarios modernistas y animador de las tertulias de la época. Su sintonía con el arte clásico griego y romano le llevó a romper con el individualismo y el naturalismo de la estética modernista. Convencido de que el arte por el arte era inútil, propuso un proyecto educativo que llamó Noucentismo, “Novecentismo” para trabajar en las vertientes artística y política. De ese concepto surge su obra fundamental, Glosas.

Si Ortega es el intelectual del grupo, la prosa más rica y densa pertenece a Ramón Pérez de Ayala, la vanguardia la encarna Ramón Gómez de la Serna y la poesía destaca en Juan Ramón Jiménez.

La posición económica desahogada –era hijo de un famoso jurista– permitió a Ramón Gómez de la Serna viajar por Europa y América. Su carrera literaria comienza en el periodismo, donde destaca por su carácter original, ejerciendo una rebelión imaginativa y nihilista contra una sociedad anquilosada, burguesa y sin expectativas; procura, en efecto, renovar el panorama literario español importando las literaturas de vanguardia, que fue a conocer a Francia. Escribe en El Sol, La Voz, Revista de Occidente y El Liberal. Entre sus excentricidades se cuentan haber dado una conferencia montado sobre el trapecio de un circo en Madrid, desde el lomo de un elefante en París, subido a un farol de gas en Gijón y en un tugurio de gitanos y chulos de Granada. Fue uno de los tres miembros extranjeros de la Academia Francesa del Humor junto Charles Chaplin y Pitigrilli. Crea una celebérrima fórmula de literatura de vanguardia, opuesta al trascendentalismo de la máxima, la greguería, que él mismo definía como “humorismo + metáfora = greguería”. Con Azorín funda el PEN Club español, es secretario del Ateneo de Madrid y tiene una frecuentada tertulia en el Café de Pombo. Sorprendido por la Guerra Civil marcha a Buenos Aires donde vivirá hasta su muerte en 1963.

La poesía de Juan Ramón Jiménez fue influenciada al principio por los poemas de Rubén Darío. En 1956 la Academia Sueca le otorga el Premio Nobel de Literatura en Puerto Rico, donde ha vivido gran parte de su vida en el exilio y donde trabaja como profesor en la Universidad. La crítica divide su trayectoria en tres etapas: sensitiva, intelectual y suficiente y verdadera. La etapa sensitiva (1898-1915) está marcada por la influencia de Bécquer, el Simbolismo y un Modernismo de formas tenues, rima asonante y verso de arte menor. En ella predominan las descripciones del paisaje como reflejo del alma del poeta. Predominan los sentimientos vagos, la melancolía, la música y el color desvaído, los recuerdos y ensueños amorosos. Se trata de una poesía emotiva y sentimental donde se trasluce la sensibilidad del poeta a través de una estructura formal perfecta. La segunda época se vierte en la forma del arte mayor (endecasílabos y alejandrinos), la rima consonante, el estrofismo clásico (sonetos, serventesios); denota una mayor impronta modernista, del Simbolismo francés (Charles Baudelaire, Paul Verlaine) y del decadentismo anglofrancés (Walter Pater, fundamentalmente). En la tercera etapa el poeta realiza una poesía sin anécdota, sin los “ropajes del modernismo”, una poesía estilizada y depurada, donde el poeta admira todo lo que contempla. Este poemario surge como fruto de su viaje a América. Experimenta con los temas y las formas, y abre una nueva corriente poética que será explotada por algunos miembros de la Generación del 27.

La pérdida temprana de su madre obliga a Ramón Pérez de Ayala a pasar la mayor parte del tiempo como interno en los colegios de la Compañía de Jesús. Eso le reporta un gran caudal de conocimientos humanísticos, debidos en parte al profesor Julio Cejador y Frauca, a la sazón incómodo huésped en una orden que no tardará en abandonar. El anticlericalismo que le inspira la educación jesuítica está plasmado en su obra. En Oviedo, donde estudia derecho, entra en contacto con los pensadores del Krausismo y dispone de la excelente biblioteca del marqués de Valero de Urría. Le atrae tanto el Regeneracionismo de sus mentores como el Decadentismo estético de la Europa de preguerra. Aborrece el conservadurismo burgués de la ciudad, que en su obra aparece bajo el nombre de "Pilares". El ovetense Pedro González Blanco le puso en contacto con los modernistas de Madrid: Jacinto Benavente, Francisco Villaespesa, Gregorio Martínez Sierra, Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán y Azorín". Viaja por Francia, Italia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos y fue corresponsal de guerra durante la del 14 para La Prensa de Buenos Aires. En 1927 obtiene el Premio Nacional de Literatura. En 1928 es elegido miembro de la Real Academia de la Lengua. En 1931, junto a Ortega y Gasset y Gregorio Marañón firma el manifiesto “Al servicio de la República”. El régimen republicano le encarga la dirección del Museo del Prado, y recibe un ascenso administrativo y una diputación a Cortes. En 1932 es nombrado embajador en Londres, cargo del que dimite en 1936, descontento del rumbo político que impone el Frente Popular. Durante la Guerra Civil apoya el franquismo. Vive en París y Biarritz y más tarde en Buenos Aires donde recibe su sueldo de funcionario a través de la embajada española. Visita varias veces España y en 1954 regresa para quedarse definitivamente. Muere en Madrid el cinco de agosto de 1962.
Pérez de Ayala cultiva todos los géneros y destaca en todos ellos menos en el teatro. En la lírica se aprecia la inspiración simbolista y culturalista del Modernismo; es poesía ideológica y conceptual, pero provista de emoción humana. Con Miguel de Unamuno es uno de los cultivadores de la poesía filosófica en esa época, pero no desdeña la sonoridad en el verso. Los críticos suelen distinguir dos etapas en su actividad novelística: en la primera, correspondiente a su época juvenil, aparece como un escritor realista con una visión pesimista de la vida, que se trasluce a través de una sutil ironía; en la segunda abandona el realismo en favor del simbolismo caricaturesco y el lenguaje se recarga con componentes ideológicos propios del ensayo. 

El estilo de Ramón Pérez de Ayala se caracteriza por la ironía y el uso de un lenguaje muy refinado, donde abundan las alusiones, las citas encubiertas y la intertextualidad, con abundancia de cultismos y helenismos y uso ocasional de las técnicas del esperpento.

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