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spacer sumario staff libros archivo enlaces malabia blog correo servicios Año 3 | abril 2007
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:: Malabia :: arte, cultura y sociedad | Barcelona, Montevideo, La Plata

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Editorial

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El 22 de julio de 1990 el locutor de una radio de Buenos Aires daba una noticia de la siguiente forma: "Según un cable de último momento, en México murió un escritor argentino que acá no suena; se trata de Manuel Puig". Por entonces Puig había quedado confinado a un reducido círculo de lectores informados y resultaba casi desconocido para aquellos que, como ese locutor, sólo acceden a la literatura a través de lo que la lista semanal de best-sellers promociona. Sus libros –algunos de los cuales habían batido records de ventas en el país en los años 60 y a comienzos de los 70– ya no se reeditaban.
Ese proceso de ascenso y caída puede explicarse de muchas formas. Muchos argentinos, sobre todo aquellos que tienen una clara tendencia al fatalismo (su historia tiende, lamentablemente, a darles la razón) y a explicar su historia del punto de vista psicoanalítico, encuentran la explicación en la tendencia nacional a destruir sus propios valores o en unas ideologías, movimientos y partidos políticos que no han sabido ubicarse ante nuevos problemas y desafíos. Hay mucho de cierto en ello, pero es importante agregar otros elementos. La realidad ha sido siempre muy compleja.
Decíamos en el número anterior que durante el siglo pasado el intelectual había dejado de ser el vocero de la tribu y su lugar había sido sustituido por la televisión.
A ese cambio, en América Latina, no es ajeno el Plan Cóndor, un plan de inteligencia y coordinación entre servicios de seguridad de los regímenes militares del Cono Sur para combatir la subversión y el terrorismo. El abogado y profesor paraguayo Martín Almada, quien descubriera los archivos de este plan, iniciado en el Chile de Pinochet con apoyo internacional, decía el mes pasado en una conferencia en Barcelona que según las cifras que se barajan, más de cien mil personas sufrieron sus efectos devastadores, la mayoría de ellos intelectuales y estudiantes. Dada la composición de las víctimas no se necesita ser un lince para entender los verdaderos objetivos del plan: era necesario descerebrar América Latina. Unos, los más peligrosos, muertos; los otros, encarcelados o al exilio.
De cualquier forma, Puig podría haber sido un escritor cómodo, después de todo no hacía más que utilizar elementos de la cultura de masas –el cine comercial, el folletín, la novela rosa, el radioteatro– para construir su obra. Pero una cosa es utilizar esos elementos para hacer el panegírico de la sociedad y otra muy distinta es usarlos para tomarle el pelo. Dice al respecto Ricardo Piglia: “El gran tema de Puig es el bovarismo, el modo en que la cultura de masas educa los sentimientos” Y agrega la profesora brasileña Bella Lozef: “Sus personajes, motivados por un deseo de cambio, se refugian en un mundo de sueños inspirados por los productos de la cultura de masas.
Para agregar más leña al fuego, Puig era un homosexual confeso, incluso militante. Era demasiado para los bienpensantes. Cuando comenzó a circular su novela “El beso de la mujer araña”, que cuenta la relación en una celda de un guerrillero encarcelado por una dictadura militar y un homosexual, fue amenazado de muerte pese a vivir en el exterior.

Puig –más allá de la cerrazón de unos, de la costumbre de otros de destruir sus propios iconos y de cierta incomprensión intelectual (Vargas Llosa amenazó con retirarse como jurado de un concurso si le daban el premio a un argentino que escribía como Corín Tellado)– fue víctima de un genocidio cultural. Ese del que ahora tratamos de recuperarnos.

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