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Personajes
[narrativa]
Rolando Revagliatti
De Rebecca, Una Mujer Inolvidable,
el castillo después del incendio. Acción
en todo el predio. Nuestros personajes memorizaron
–algunos– sus parlamentos. Hay de
los que jamás farfullarán. Incluso
un gran puñado no habrá de darse
a conocer. Apenas se humedecen cuando diluvia,
y las espectrales ruinas no son escondite. Advertimos
sobre la conveniencia de aspirar a la aprehensión
sintetizadora. Hallaréis acaso humor y
descrédito; perspicacia y barullo; fundamentalmente,
espejismo. Acaso.
De cara a las olas, La Novia, treinta y nueve
años, fogosa. Su vestido anti-inflamable,
por detalles en el modelito, nos remite a la década
del cuarenta. La fijeza de su mirada se disipa
al declarar:
—Mis amigos: en esta escena nos diferimos:
para más luego, para otra etapa.
Es de gran estatura, pero no soberbia; es pura,
pero no ignorante; sus pestañas son largas,
pero no tupidas. Belígera, en ocasiones.
Ríe y se desgrana. Ofertaría sus
incontables suspiros a sucesivos postores; y a
postores para toda la vida. No es todavía
de noche.
—Debo enfatizarlo: tengo un entripado. De
no ser así no estaría acá.
Con ustedes. Resquebrajándome.
Se pasa la lengua por el labio superior.
—Se me murió el poeta. A él
fui prometida. Obsequio y musa. No logró
captarme como sí otros hombres. Y como
las damas. Muy bajo en el ranking mi poeta. Versos
menudos, hálito íntimo. Flaco, clásico.
Sus manos unidas en el ramo de novia.
—El no vino: se me murió. Y me mandaron
sola. Me arrasaron sin forcejeos. Ataviada. Hubo
emoción. Contenida. ¿Por qué
nosotros, por qué ahora, por qué
aquí?... Los designados. El ser visuales
pronuncia el desafío. Señan con
una caricia.
Su vestido: es de cola.
—Encuentran abiertas las ventanas o se arraciman.
Soy el móvil. O bien, es preciso que lo
sea.
Piensa. Solloza. Debajo de su tocado.
—Mi belleza es una confabulación.
Paradigmática. Los menos, agonizan. Los
escabulleron. Sustraídos y depositados.
Pasan letra o la olvidan. Aquí caímos
de pie los sobremurientes. Los imperecederos.
Se adivina.
Piensa. Solloza.
—Tuve mis encantos laxos cuando jovencita.
Hubo contramarchas. Hoy es de un modo, pero mañana...
Un gigante triste mi mamá. Un gigante triste
en su cumpleaños.
El Hada Madrina no está lejos. Indescriptible
a simple vista. Procura aprender un libreto. Nadie
distinguiría las frases que desacomoda,
que trueca, que zangolotea.
—“El drama de lo monocorde. ¿Y
qué del drama de lo monocorde?... Mi hermana
me dio el ultimátum, mi maestro se distrae,
mi amante me dejó.”
Repite. Dos veces.
—“No soy lo que se espera de mí.
¿Quién es lo que se espera, quién
lo logra?”
Memoriza sin voz. Hojea nerviosamente. Se sienta
sobre una roca.
—“Sé que me dilapidan invocándome.
Sabemos hasta un punto. Hasta un punto final.”
Repite varias veces (como al “padre nuestro”
o al preámbulo de la Constitución).
—“Si no nos atuviéramos sería
aún espantoso. El desgarramiento. El desgarramiento.
El desgarramiento.”
Repite leyendo. Así como:
—“En efecto, soy quien supone. Admitiré
errores y poderíos. Me esfumaré
sin lágrimas. Elusiva, muy elusiva. Permitiré
que me restañe. No cejaré en mi
propósito, si lo tengo. Alucinaré,
abdicaré. Me constituyo en cada sílaba.
Argucia mínima, apretada. El rey asomará
y asombrará. Bello como una bandada. Límite
para los circunflejos. Tremolantes los enormes
senos de La Monja. Los míos en paz. Los
enormes, incandescentes. Ahora, beben. Pero los
míos, nunca.”
Subido a un árbol, contempla Otelo las
estrellas. Se organiza, siempre se organiza. Su
vozarrón estremece. Cuelga de sus vestiduras
una larga y lacia peluca blonda.
— ¡Ay, qué solos se quedan
los vivos! ¡Qué vacilantes, con tanta
mocha reciedumbre! ¡Con tanta descomedida
lucidez!
Canturrea:
— “Un Antonio me miró
y un José y un Rafael...”
Sigue:
— ¡Qué impávidos, qué
solos se quedan! Apelmazados, estoicos. Transliterados.
Colinas, inútil terciopelo.
Un mástil, al que se halla atado por una
pata, El Pato Salvaje de Ibsen. Con un cable telefónico.
La Novia posa para cámaras fotográficas
imaginarias. Estornuda. Arregla su atuendo. Maldice
inaudible.
Shakespeare, descalzo. Se despereza. Corretea
seiscientos metros hasta donde ha dejado su calzado,
en la entrada de la finca. Simula sorpresa al
encontrar una bicicleta de carrera (turquesa)
al lado de su calzado. Soba a la bicicleta. Retorna
cansino a la espesura. Simula dormir. Duerme.
Se despabila. Se despereza. Corretea hasta donde
ha dejado su calzado. Simula sorpresa al encontrar
la bicicleta. La soba. Retorna cansino. Simula
dormir.
Personaje de Schiller: más de un cartelito
indica: “Personaje de Schiller”. Denota
desorientación. Se saca y pone los cartelitos.
También sus prendas.
—Soy los hombros de Wallenstein. Los dedos
de Amalia de Edelreich, pero, de ningún
modo su paladar. El brío y la intemperancia
de... Presunto desdichado, romántico y
autocompasivo.
Teme a los rayos.
—Temo a los rayos, a la ira.
El Hada Madrina fuma y tose. Los pómulos
con esparadrapo.
El Pato Salvaje de Ibsen tironea del cable, lo
muerde.
La Novia ha ido descangayándose. Orina
creída que lo hace para admiradores.
Shakespeare infla las cubiertas de la bicicleta.
Silba. La monta y da vueltas complacido, cabellos
al viento. Tiene hambre.
Landrú y La Monja, despatarrados. Una mano
de Landrú, debajo de las faldas de La Monja.
Palpa.
Otelo palpa su muserola en el ñandubay.
Sufre. Se aplica la peluca con esmero exquisito.
Se posesiona. Sacúdese, fusiónase.
Pronto tendrá sueño.
La Novia ofrenda su ramo a quienes la injurian.
Se calman los injuriantes. La besan. La besan
y se van.
A El Pato Salvaje de Ibsen le sangran las encías.
Traga.
Un corifeo escruta el anuncio del periódico:
paredes de una gruta. Pintura abstracta lo matiza.
El corifeo no es un lince. Y el periódico
–dijimos– no es manuable: “Intelectual
rudimentario, aliancista, nada socrático,
anhela mantener lazo con joven que se emperifolle
dentro de una gama estólida, no afrentosa,
alerta a estímulos discontinuos, sin embargo.”
“Una Empresa hay que se dedica (la nuestra)
a subvertir (al destino sería presuntuoso)
un cierto ordenamiento de lo fortuito, dentro
del campo del conocimiento entre aquellos cuyos
proyectos de vínculo sea la unión
sexual.”
El Hada Madrina gesticula, se rasca. Áfona
se encamina hacia La Novia, hacia los animalejos
que se dispersan junto con lugareños, gnomos
e infinitesimales. La Novia, exangüe, yace.
El Hada Madrina le alcanza su libreto. Áfonas
gesticulan: macabro. El Hada Madrina, febricitante,
se zambulle entre las piernas de La Novia. La
Novia se inclina. Lee:
—“El drama de lo monocorde. ¿Y
qué del drama de lo monocorde?”
Lee gritando:
—“¡Mi hermana me dio el ultimátum!
¡Mi maestro se distrae! ¡Mi amante
me dejó!”
Magallanes es un recién venido. Su simpatía,
su exultación... ¿pueden criar adeptos?
¿Cree que es una isla este paraje? ¿Es
una isla? Formúlase interrogantes de variada
incidencia en la cotidianeidad. Lo trajo el mar.
Perora. Lo hizo también al descender de
su barca, al aposentarse y reconocer la playa.
La playa de juguete. Solázase con la gratitud
del vecindario. Trénzase con el rufián,
con la doncella. Siempre desde su plinto. Incrépase
con tonsurados y correveidiles. Desgañítase
con las incorregibles, con los bufones. Adora
la intemperie. Refriega su prosapia a los empedernidos.
Agente viajero.
— ¿Qué es viajar? Viajar es
despejar. Desde el lugar común. O la frase:
“Nos convendría despejarnos”.
Cuando a la aventura de la existencia le birlamos
la aventura, no sólo la aventura le birlamos.
Hay otro desposeimiento, otro poseer. No se posee
la propia existencia si no se la arriesga. Si
no se la recorre, si no se la mora. Si no se la
viaja, si no se la etcétera.
Landrú y La Monja duermen despatarrados.
Otelo sueña que Shakespeare lo come. Le
pasa por arriba, y previamente deshuesado, con
parsimonia, lo manduca. Con todos los dientes
y en su propia salsa. Ya no sufre, objeto de esa
pasión.
Por delante del telón, El Personaje
de Schiller, ridículo oriflama.
—Únome a lo prístino de su
escepticismo. Y a lo prístino de aquélla...
–señala a La Monja–, que no
cesa de dormir.
La Monja despierta, sobresaltada. Piel blanquísima.
Landrú despierta. La llama, la invita.
La Monja sonríe. Sin acudir. El Personaje
de Schiller se masajea las sienes. Landrú
invita. La Monja acude. Sin sonreír. Se
entrelazan encarnizadamente. El Personaje de Schiller
se masajea las sienes, ahora, en cuclillas. “Y
cae, cae el cielo a terrones.”
El ombligo oblongo
1
Alma,
si tanto me has querido,
por qué no dejaste que también tu
cuerpo
me quisiera
de vez en cuando,
una vez por mes.
2
Somos todos los mismos. Los hombres se peinan,
se disfrazan. E incitan al espacio. Nosotras nos
aparecemos como contingencia, médano solidario.
Los hombres truecan sus fichas sinuosas: apuestan
porque viene de lejos que vienen de lejos; con
la implacabilidad de los insoterrados, procuran
la esperanza y su verde boca: el sueño;
si nadie nos desdice, somos los mismos, todos.
Los hombres escancian alcoholes, se adormilan,
arriman los hombros, inyectan un virus, un detrito
libre y proclamado. ¿Y el hambre?... Está
allí..., por allí, deglutiéndose
(para revertirse). El hambre es un presentimiento.
(Los soldados y las meseras de otro siglo, las
ochavas y los peldaños de otro siglo, imagínense,
las reinas y los ancianos de otro siglo; las violaciones
y los aparatos de otro siglo, de otro siglo, las
plantaciones y los mostrencos de otro siglo, los
circuncisos y las apestadas de otro siglo, de
otro, y desde aquel, éste es un presentimiento,
un hambre.) En el andarivel los hombres y nosotras,
los caballeros y la historia; en el andarivel
las mujeres y la seda, y en las alcantarillas,
los hombres a contraluz (y sus especias); ¿o
acaso no es aquello, no viene siendo el horizonte,
no vienen siendo los hombres el amanecer?...
3
Por un lado morirse, sí. Eso no se cuestiona.
(Por otro, uno no se muere nada; sufre como un
caballo; gesticula contra la sombra, topándose;
busca alguna amiga –de esas que quedaron
en amigas no se sabe por qué– como
para contraponerse con la sombra –sombra,
fantasma, fantasmón– de la verdadera
–¿verdadera?– detentadora de
los piolines –sí, piolines–
unidos a los cuales uno...) Por otro lado, urdir
tácticas ofensivas –contraofensivas,
pero que no parezcan– de esas para las que
somos tan lisamente idóneos cuando no nos
dejamos interesar por la persona que –persona,
no mujer con la que uno.
4
A ese ser como una casa, amé. Yo creía
poco que habría como él alguien.
Preveía poco su existencia. Y seguro que
no allí, que no entonces. Allí era
donde decidí estar, quedarme; entonces
fue únicamente entonces, después
nunca. Mientras, me estacionaba suave sobre el
barro – ¿cuándo se dice decolar?–.
Como yo lo amé cuando lo amé...
5
a) Dinamito el sistema de alarma.
b) Desafilo los cuchillos que sostienen mi carne.
c) Contrapunteo con cuerdas idiotas.
d) (...)

6
Esta chiquita tiene ganas de ponerse nerviosa.
Más nerviosa. No lee ni medio. Subió
alterada, con chispas. Desde que sacó el
boleto, tímida, con los ojos al voleo,
flaquita e inquieta no logra sosegarse, no posa
casi los ojos en ese libro de texto ni en esa
figura o foto, no sé, en esa ilustración.
Me atrae que nos mire. Podría aceptarse
que hiciera el séptimo grado, pero no,
ya debe estar en la secundaria, y así,
la presumo justa para emborracharla con una gota.
Mira, mira, los muchachos tenemos algo, los otros
–nosotros– y los de su edad. Mira
corto, sin conciencia, “¿qué
hace este libro en mi falda?”, lo cierra,
un dedo lo inserta como señalador, “¿cuándo
me va a pasar algo?”, ¿cuándo
le va a pasar algo? Estos huevos pétreos
en un jarrito seco sobre la hornalla van a estallar,
van a restallar. La restañaría,
en mi clínica de muñecas reconstituiría
sus pétalos, la insertaría –toda
ella como señalador– en el nomenclátor
de la sensualidad, le permitiría confiar,
ser alguien, confiar en ella, ser ella, acuciarme,
acosarme, y de ahí en más subíme
al cuerpo, en qué camilla querés,
te bajo el alma, atravieso la foto del libro de
texto con un alfiler misterioso, admitamos
la guerra, bando contra bando, tu crecimiento
me preocupa.
7
¿Sabés qué me dijo?... Que
yo era, que toda yo era una anguila intensa, a
quien no disuadía ni la muerte ni nada.
8
Da terror cuando hacés uso de tus potiches
y se te ve, te veo, obstinadamente dándote
color, manos de colores encima de tu cara, orejas,
cuello, y parece varias veces que ya está,
que qué más se puede, pero no, vos
sabés muy bien que el párrafo sigue,
agregás eufemismos, sintagmas, trazos,
ripio, añadís paréntesis...
Yo te sigo, atribulado, tanta escritura, interrumpí
por vos, por lo que más quieras el coito
con nadie, acabá, decidí que ya
estás sumamente hermosa, declaráte
realzada. Que venga el punto final, mirá,
el consabido rebusque, yo ahora te lo escribo:
punto final.
9
Cerré la puerta con cuidado, casi ni la
cerré,
prendí la luz del corredor, el ascensor
estaba en el piso,
bajé, llegué a la esquina,
allí me puse una pastilla en la boca, recolectaban
la basura,
crucé, doblé, mi casa es cerca,
seguiría durmiendo, ahora yo dormiría,
no sabía que me miraría en el espejo
largo del placard, que me desvestiría frente
a mí, que el strip-tease melancólico
me remataría y me daría el hachazo
terminal, el colofón,
y me pal-pal-paría,
y un café con la desnuda,
y ahora sí.
10
Ahora, hoy, acá, en este bar, me ocupo
de mis cosas; desacrosantado me atengo, bajado
de la rama, basto, limoso. Bar al que yo concurría
con aquella en la que estoy pensando. ¿Y
con cuántas otras asimiladas a un paisaje
borroso?
Aquella en la que estoy pensando. Aquella en la
que estoy pensando no alcanzó tanta historia
en este bar; los mozos no la reconocían,
yo estaba cansado de vivir, ella de trabajar,
pero no es eso. Acaso porque es la más
reciente acá (Paraguay y Suipacha). La
más reciente adentro de mi bar, adentro
de mi cuerpo, adentro de mis nervios; planamente,
calcáreamente la evoco, sin gracia, sin
calificarla. Es verdad: también camina
o mira una vidriera o guía un automóvil;
también algo como ella lo hace. Indefectiblemente
alguien no es ella (aquella). También aspiro
a que cruce por mi aliento o esquina; a que me
llame, me espere, me contemple. Buenos Aires sabía
mucho de ella. Digo sabía cuando sabía
conmigo. Digo que surja la que estoy pensando.
Aquellamente invariable que varió. Maniobró
hacia el ozono, depuso la credulidad, desfascinada
por un espejito corvo no se sobrepuso, me avisó
que no podría con ella. Con. Ella.
11
Sí, se ve que sabe, que se regocija. Sí,
sabe. Se huele que sospecha. La madre lo crió
así. Lo hizo educado y ubicado. Carmen,
esa putita desganada, lo extraviaba de su entorno
de empanadas de dulce, lo torcía. Hice
esa lectura – “Upa”–
hace mucho. Lo encarajinó al bicho con
ayuda de sus manos. No ciegas, no. Sí,
de sus manos. Si no hubiera sido por esos dedos
suyos procaces, tan de estar sobre todo lo inestable.
Sí, lo vi claro. Lo tuve claro cuando la mamatreto se ocupó de las fórmulas,
de los requisitos: “La hago aquí
depositaria...”, “Señorita,
aquí la hago depositaria...”, “Aquí
la hago depositaria, señorita...”
Me extendió a su hijo correctamente. Yo...
austeramente parpadeé una vez. Sabía
que Carmen, ésa, espiaba. La mamatreto
dijo... El dijo... Yo dije: sobran las traslaciones
(si simplemente nos queremos). Usted me lo cuida,
se adivinaba. Yo estoy acá, ¿eh?,
la otra. Y bueno, hay que sacar la cara, poner
la cara, exponer la cara para recibir al sol y
a la luna, para que la intemperie y el encierro
se regocijen como él, mi melocotón,
yo voy a ser más sabrosa que Carmen, más
sensitiva, me decía, que ésa, argüía,
que esa insulsa, pero... ¡Mi Dios!, nunca
podré aprender a ser tan insulsa, tan...
No, yo soy otra, hay que buscarme, tengo mis valores,
y sin embargo nos queremos.

12
Frase: “Tu Maternidad Cabalga Sobre la Montura
de la Muerte”. (Además, los chicos
sólo ponen a los chicos en foco.) Te reís
con toda la cara, intervenís por completo,
como cuando me gusta andar por allí,
completamente. Entra Tal, entra Cual. Cual: virgen
y atómico. Los chicos horadan desde su
estatura. Mi amor: de los yiros que te conté,
una estaba embarazada, muy embarazada. Me disputaban
ella y otra. Ganaron las dos. Los tres asistimos
al alumbramiento. En esa misma cama de cuerpos
encaramados, encaramuzados, cadena pestífera,
se abrió de un respingo la enchastrada;
fuimos cuatro parientes atónitos, casados
al parir, hervidos y arrasados. No las besé
más. Ni recibí caricias ni sepulté
el sabor terrible de esos huesos en mi melancolic.
Huí como un hombre. Pagué más,
pagué otra vez. Ellas...: las irrestituibles.
Sin golondros..., mortecinas, omisas. (Golondro:
familiarmente deseo, capricho.) Entra Tal, entra
Cual, sin decidir no entrar otros no entran. Aplauden,
alardean. Me alarmo porque siempre me alarmo.
Pensamos vos y yo cómo se llamarían
nuestros hijos, sentimos que serían muy
nuestros. Hoy, que no te puedo ver así,
no me puedo ver así. De nuestra combinatoria
todo lo soñamos: color de ojos del primero,
cabello del segundo, la tercera parecida a quién
no y etcéteras en un jardín en una
fotografía. Empalme rápido con que
estuve celoso del aire que respirarías,
el enrarecimiento de fragancia obscena por el
que te dejarías anidar, la otra que serías
si por mí no fueras, cuan beligerante con
otro macho gacho, somera con un hortera, atorranta
con un lavativa, sensual con uno lindo triste,
más plena que conmigo con un amigo. Se
cortó la leche, la buena y la mala. Yo
estaba embretado otra vez con la clepsidra. Una
piojosa que se paró en medio de la calle
(y llovía) subió al coche, dijo
que se llamaba, que no era rica, que le agradaban
las medias finas, que... ¿le permitiría
posar su lascivia sobre mí?, que con denuedo
dejaría que lo hiciera, espeté;
las mamas truculentas y el infame al palo bochornoso;
desnuda era peor, vos sos divino, divino, con
una como ésa te querrán muchas.
Hagamos otra bacanal y gratis, propuso la grasienta,
yo antes me la corto, y chupo todavía estalagmitas,
una tras otra las yirantas, y chupo todavía.
13
Estaba flojita. Flojita y zumbona. Era un buen
dolor. Un dolor bueno. A vos te gustaba mi dolor.
Un dolor precioso. Miraba para atrás...
y sí...: yo era otra. Un riíto a
los pies de la montaña, un rulo en mi frente.
Empezaba a ser mía de la mejor manera.
Te posesionaste de mi cintura, me quebraste y
me soldaste, y más, me tiraste lejos toda,
me desparramaste, y ahí supe o entreví
cuánto era, y cuánto quería
constatar cuánto era; y claro, ingenuamente...
Te me tirabas, me besabas, había mucho
tiempo, me descompaginabas. Quizá olvidé
que era mi primera vez, que alguien violovió
mis sueños (...), con lágrimas,
con légamo, con no certeza, con no consigo
(...), sin mí.
14
La gente se consuela en plena calle. Se frota.
Se mima. Y hunden sus narices en solapas y pechos.
Y tragan prendedores, botones, mastican amuletos,
auscultan, y en plena calle se abrazan, se lamen
las orejas. ¿Qué sé yo de
algo?... Hicimos la calamidad.
15
Dime quién eres y te diré quién
eres. Yo te creo, amor, yo confío
en ti. Sé que ha de ser un duro reaprendizaje,
que la descastada vacila, que en tu molinillo
muelo mi fe, que sólo por guitarra canto,
recambio y no muelo nada, y me cobijo, te doy
a desconocer entre mis piernas, no quiero vacilar,
quién sos, a vos no te conozco, hablá,
hablá, disquemos, bailemos este vals, disquemos
y por donde sea... ¡perimir la Muuuueeerrrte
todavía!...
16
Único en el Mundo
Las minas que me vienen de otros tipos
tienen que hacer
al
fin
se van
a horario
me vienen de las madres
me vienen de los hijos
de la hermana mayor
de “la muchacha”
güay de arrogarme un derecho que no tengo
güay de salpicarme con gotas de otras lluvias
las mías las produzco cuando quiero
(...)
en su cielo como trepidaciones
como rayos como huevos
como perforaciones
güay de creer que güay
güay de pensar que yo
soy
Fernet
Branca.
17
Sudé mucho y lloré. Mi viudez, aunque
no suficientemente prematura, me embargaba. Me
anudaba y desanudaba. Empecé por entonces;
en rigor: antes. In memoriam. “Sí,
soy joven como lo parezco.” Y ese velorio
resfriado, ese velorio, y la enguantada conglomeración
y floreada hartura, cuánto me siento,
sonidos como niños de una flauta, la grupa
de la potra, lo maté de un tetazo primero,
de un revés, borra y racha borracha, de
un aplanamiento, como una eutanasia, como una
hipodérmica con polipropileno, ni atinó
a refulgir su campanilla de alarma, jamás
abrió tan grande la boquita de su jeta
ese morfón, vos, que apenas me merodeabas
te entenebrecías, seguí de
largo hasta el esófago, creo. No me opondría
resistencia nunca más. ¿Y a qué
pariente azoté con una cala? Y fugué.
Escaleras abajo del estupor generalizado me percibí
aérea y aguachenta, claro...: tanta vigilancia...
Y empezaban a radiarse, a ramificarse ¡¡las
Hormonas de la Libertad!! Patitas yo sé
muy bien para qué las quiero, doblé
varias veces varias esquinas, atravesé
una plaza, un desdentado gondolero me aligeró
de cierto escozor o rutilancia: y me tornó
hojarasca: una viga italiana el gondolero. El
aire era el ahire, así se podía,
mujeresmente, yo, ¡qué agradecida!
¿Qué me estaba ocurriendo otra vez?
18
Fue el lunes. Hace un montón: hoy es miércoles.
Y la recuerdo con una pronunciada más que
alarmante –y tengo necesidades alarmantes
de alarmarme– exactitud. (¿Y cuándo
tanto?... Sí, otras veces. ¿Pero...
tanto?) (No me hago las preguntas desvaídamente.)
Ahí estaba yo: en el asiento de cinco,
contra la ventanilla opuesta a la puerta de salida,
en el colectivo cincuenta y nueve, desde Belgrano
al centro. Y es verdad que desde que nos vimos
la asolé con sobrio regocijo. Despejé
toda probable brizna, de tal suerte que sólo
la deletérea desesperación me granulaba. Ella y su soltura (enloquecedora), de espaldas
a las ventanillas de su lado (y del mío);
y así todo el tiempo (me pongo nervioso,
quiero que ustedes carguen –háganlo,
por favor– nuestras firmes...): intenciones,
examen, dejarse por el otro. (Estoy copado, copadísimo,
ustedes no saben... Sí, también
el sol en la mañana y la lluvia en la ventana;
la rosa en su pecho, y sus brazos. Brazos. Ella
era –era, era– una mujer para apretar.)
Y el tipo a mi diestra se las picó y ella
enseguidísima sorteó a una mujer
y estuvo junto a mí, leía “La
Opinión” –los titulares–,
se bajó en el obelisco casi, y yo también,
y la emprendió por Lavalle, y yo detrás,
cruzamos la avenida más ancha del mundo
y no caminaba despacio. Se acercó a las
puertas de un cine para observar los afiches y
aproximándome inquirí si uno podría
conocerla. Siguió caminando y yo detrás.
Se acerca a otras puertas de otro cine, la campaneo
desde la vereda de enfrente y al darse vuelta
me ve pero no durante sólo un instante,
y esa mirada era de aquellas otras en el colectivo.
Desde luego, todo volvía a ser auspicioso,
recíproco, se reenhebraba el collar. Se
mete en una galería comercial, yo detrás
estimando desde dónde retornar, y se detiene
en una vidriera. Regresa hacia Lavalle, sale,
retoma hacia el bajo y yo detrás. Me acerco
en el cruce con San Martín y digo algo
así como que me gustaría saber si
tengo chance, y ni bola, ella sigue caminando,
y me hinché y furioso desaparecí
y ¿qué carajo ahora el estrangulado
hago yo alarmarme?...
19
No sabía chupar ni sabía meterse.
Todo en él merecía quedarse afuera.
Bien afuera que esté.
20
El ombligo oblongo. O. Vista apaisada del ombligo.
Té canalla. Varios invitados y ninguno.
Ejemplifón. Ejem solo. Casi era un chiste
con él. Se hubieran, pocos, atrevido. Mientras
que a nada hubiésemos llegado. (La pobre
se fue con su narcisismo entre las piernas.) Desensatá
tu pelo. Él resplandece con una sonrisa
de pajarera. Cuando esta flor se abra... ¿Por
eso me cuesta?... Tan allá no puedo con
mi boca. Subida a los zapatos, sin dificultades.
Las púberas pertrecheras empiezan a probar
sus caras de interesantes. (Va acunado.) (La ranura
genial.) Quejándote: “¡Qué
esfuerzo, Dios mío, qué esfuerzo!”
Y surge entonces como un anuncio, como un rastro.
arriba
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