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Entrevista a Onetti
[entrevista]
Alberto Cousté
A comienzos de octubre de 1967,
Alberto Cousté pasó una intensa
semana en Montevideo, cuyos tres días centrales
estuvieron absorbidos por una imprevista relación
con Juan Carlos Onetti, a quien no había
conocido antes personalmente. Cousté trabajaba
por entonces en el semanario argentino Primera
Plana, y la revista lo había enviado
para realizar una serie de reportajes sobre la
narrativa y el mundo editorial uruguayos, con
motivo de la creciente valoración póstuma
que por entonces se hacía del recientemente
fallecido Felisberto Hernández (muerto
en 1964). El homenaje a Felisberto no acabó
de consumarse, y los contactos y entrevistas derivaron
en diversas notas sobre Uruguay que fueron publicándose
en los meses siguientes. La más extensa
e interesante de ellas fue producto de la inesperada
sintonía entre el reportero y Onetti, que
se reproduce a continuación, y que el autor
no había vuelto a publicar en ningún
medio hasta hoy.
Onetti:
Historia en dos ciudades
“Y desesperé
en mi corazón de todo el trabajo
que hice debajo del sol”
(Eclesiastés, 2:20)
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Foto:
Onetti en el espejo. Teatro Circular |
Quizá toda pregunta es
ociosa, toda tentación de intimidad merece
secarse apenas emprendida. Cuando este hombre
abre la puerta, deja entre su brazo y la pared
el espacio suficiente para que la luz lo cubra,
recorte su flaca figura, su traje serio y la camisa
clara: por el chorro de luz se expande también
Montevideo, la cara al río de la ciudad
entrando por ese balcón del sexto piso,
en la avenida Ramírez, las cosas que nunca
se deciden a ocurrir.
Para peor, ha llovido y puede volver a llover.
Es el primer día de un largo mes sin carne
para los uruguayos, la ansiedad chorrea por las
calles como la lluvia, se cuela por la avenida
18 de Julio, en los negocios abiertos para nadie.
Acaso en toda la ciudad, sólo este hombre
no esté más cerca hoy de la desgracia
de lo que ha estado siempre: cuando se hace a
un lado –un gesto prolijo en la cara indiferente--,
se comprende sin duda que es así; que la
lluvia o el hambre, o la tristeza toda de la ciudad
mojada, son más pequeñas que su
desesperanza.
Se llama Juan Carlos Onetti, y hace 58 años
que disfraza su amor de indiferencia: en el camino,
publicó una docena de libros, inventó
una ciudad y un centenar de rostros para poblarla,
vivió apoyado en una orilla u otra del
mismo río, imaginó que su vida equivalía
a la de todos los hombres y parecidas carencias
servían para salvarlo o condenarlo.
No supo –no le interesó saber-- que
ese juego de espejos acabó por convertirlo
en el mayor escritor de su país, en una
de las pocas claves imprescindibles para armar
la cara cimarrona y hostil del Río de la
Plata; que sus libros –su libro: esa prolongada
entrevista con Dios, esa causa perdida desde el
comienzo—crecían independientes de
su vida y de la leyenda de indiferencia y orgullo,
de secreta cólera y desprecio que ha rodeado
su vida.
“Están los que quieren ser escritores,
y los que sólo quieren escribir”,
dice. Enciende un cigarrillo tras otro y se queda
callado. Bebe cerveza helada, “¿con
qué nos vamos a aburrir?”, pregunta,
pero no se sonríe. Su mujer, Dolly, la
violinista Dorotea Muhr (“Ignorado perro
de la dicha”, la llamó Onetti en
una dedicatoria conmovedora, un ejercicio de amor
que alcanzó a ofender a lectores escrupulosos
y correctos), llena las pausas con preguntas afables,
procura hacer el gasto de una conversación
de la que Onetti se empeña en permanecer
ausente.
“Bueno, niña –dice por fin--:
déjenos solos que me van a psicoanalizar.”
Pero ya se sabe que él sólo quiso
escribir (todos los otros gestos de su vida parecen
ilusorios) y escribió.
Y nadie tiene derecho a preguntarle por qué.
La vida breve
Su vida, toda su vida, le parece que no alcanzaría
para llenar un mediano reportaje, “o en
todo caso no interesa”. Salvo fugaces visitas
a diversos países americanos, no estuvo
nunca en otro sitio que Montevideo o Buenos Aires:
no visitó París, aclara, “para
no tener que soportar la nostalgia”. Aunque
en realidad no lo hizo, también, por dificultades
económicas: no tuvo ni tiene fortuna personal;
el reconocimiento tardío que ha comenzado
a descender sobre su obra no alcanzó para
arrancarlo de un trabajo en la Biblioteca de Artes
y Letras de Montevideo, y algunos cargos públicos
que halagan más a las instituciones que
a él mismo (su nombramiento como vocal
en la Comisión de Teatros Municipales).
Los pocos datos con los que se puede apuntalar
un intento de biografía, salen de su boca
entre largos silencios, casi como si le disgustara
admitir que la vida no ha hecho más que
darle la razón, que las anécdotas
que un hombre puede narrar de su pasado son insignificantes
para la historia.
Nació el 1 de julio de 1909, en Montevideo,
unos años después que su hermano
y algunos antes que su hermana, hijo de un funcionario
de aduanas y de una brasileña descendiente
de modestos hacendados de Rio Grande do Sul. Cuando
se le pregunta cómo fue su infancia, se
pone veloz por primera y única vez durante
la entrevista. “Muy feliz –se apresura–.
Mis padres se querían mucho, y eso hace
muy feliz a un chico”. (Otro día,
a las tres de la mañana, dirá algo
más sobre esa infancia a la que odia porque
ya no podría volver a pertenecerle, a la
que su empeñoso amor ha convertido en una
tierra baldía, para preservarla de Onetti
antes que de nadie.)
Una leyenda –que él colabora a confirmar,
acaso para no desmentir a su mitología– quiere
que su apellido sea irlandés (O’Nety,
deformado sinuosamente por la torpeza de un escribiente
de juzgado, en algún momento del siglo
XIX), que su bisabuelo haya sido secretario del
general Rivera y haya sentido estremecer sus huesos
cuando Onetti escribió: “Detrás
de nosotros no hay nada. Un gaucho, dos gauchos,
treinta y tres gauchos” (El pozo,
1939).
De sus primeros veinte años, no queda casi
nada: una multitud de empleos (“hasta vendí
entradas en el Estadio Centenario y en el Olímpico:
nunca entendí qué hacía tanta
gente allí, a veces con frío o bajo
la lluvia, en vez de estarse en la cama con una
mujer, tomando mate y escuchando a Gardel”),
un abandono deliberado del estudio (“mi
hermano es abogado, pero yo no quise seguir: fracasé
en dibujo y geografía”), el nacimiento
de la necesidad de escribir “desde siempre.
De chico era muy mentiroso y hacía literatura
oral con los amigos; cuentos de casas hechizadas,
gente que no existía y yo contaba que había
visto”.
En 1933 se produce su desembarco inicial en Buenos
Aires, con su primera mujer (se casó cuatro
veces), y allí nace su hijo Jorge, un año
más tarde: por la misma época gana
un concurso de cuentos en el diario La Prensa e inicia los borradores de sus dos primeras novelas.
Una de ellas (Tiempo de abrazar) tendrá
un extraño destino: presentada a un concurso
en noviembre de 1940, Onetti pierde luego contacto
con los originales, a los que no ha recuperado
hasta hoy. “Me gustaría volver a
leerla –admite, amodorrado–, a pesar
de que nunca releo mis libros.” La otra
es El pozo, un libro ya casi mítico
de la literatura rioplatense, que Onetti escribe
en 1935, pero publica recién a su regreso
a Montevideo, cuatro años después.
Por entonces se ha separado de su mujer y de su
hijo, y es el primer secretario de redacción
de la recién nacida Marcha. En
ella, bajo el seudónimo “Periquito
el Aguador”, escribirá también
múltiples notas sobre literatura, de abundante
contenido profético: “Más
adelante –dirá claramente en una
de ellas-- se impondrá una seria investigación
en la vida privada de nuestros escritores. Presentimos
grandes sorpresas”.
Pero ahora no recuerda esa frase, alarga los silencios
o habla piadosamente (y sólo Onetti ha
conseguido hacer de la piedad la forma más
alta del escepticismo) de su sentido del humor,
que “la gente no entiende. Con frecuencia
se ofenden conmigo: me pasa como a Buster Keaton”.
Si se le fuerza a precisar, admite que en 1942
comenzó su segundo exilio en Buenos Aires,
que duró trece años. Uno antes de
esa fecha, en 1941, la Editorial Losada publica Tierra de nadie, la primera novela larga
de Onetti, que había obtenido el segundo
lugar en el Premio Ricardo Güiraldes organizado
entonces por la misma editorial.
Dos años después publicará Para esta noche (que debió llamarse El perro tendrá su día,
pero “en 1943, en Buenos Aires, el editor
hizo balance y juzgó preferible quedarse
sin novela y no sin editorial”), alucinante
relato de anticipación de una capital devastada
por la dictadura. Onetti ha definido esta novela
como “un cínico intento de liberación”,
y de alguna manera es cierto: no en el sentido
moralista del juicio –lo cual no importaría--,
sino porque su necesidad de comprometerse con
una ideología para la que se sentía
incapacitado en la acción, le hizo escribir
el libro desde afuera, forzando a sus obsesiones
a acompañarlo en la aventura, un fenómeno
que no se repetirá en toda su obra posterior.
Siete años más tarde, sin embargo,
iba a escribir una novela definitiva, un libro
que hubiese bastado para justificar los centenares
de carillas que quemó sin publicar durante
los años cuarenta, y las que publicó
a lo largo de su trayectoria. El libro se llama La vida breve, y la Editorial Sudamericana
lo puso en circulación en noviembre de
1950: diecisiete años después, sigue
siendo no sólo la llave para acceder al
mundo de Onetti (escribirlo, fue también
para él el modo de entenderlo), sino una
de las mayores novelas que se hayan escrito jamás
en América Latina.
Bienvenido, Brausen
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| Foto:
Onetti en el espejo. Teatro Circular |
"Yo me pregunto lo mismo. No sé lo
que pasó con ese libro. En Buenos Aires
y en Montevideo. Lo único que se dijo acá
es que yo podía estar tranquilo, que a
nadie se le iba a ocurrir filmar La vida breve.”
Por uno de esos misterios de la provinciana vida
literaria del Río de la Plata, La vida
breve sufrió un silencio semejante
al que se abatió sobre el Adán
Buenosayres de Leopoldo Marechal, libro con
el que comparte la mayor aventura que haya tolerado
la literatura de esta parte del mundo durante
los años cincuenta. Pero, a diferencia
del Adán, la obra de Onetti espera
todavía su descubrimiento: hasta los analistas
exegéticos del autor, que van en aumento,
prefieren inclinarse sobre otros títulos,
buscar en El pozo o en Juntacadáveres –los dos extremos de su peripecia—las
claves que La vida ofrece con toda precisión.
Brausen, su protagonista, inventa en ella entre
otras cosas a Santa María, una capital
de provincia armada con residuos de Montevideo,
Buenos Aires y Paraná, en la que se instalará,
de allí en adelante, el mundo que Onetti
ha destinado a morir. Pero no sólo eso:
Onetti anticipa allí las divagaciones de
la novela dentro de la novela, del sueño
sin soñador, que deberán agradecerle
años más tarde los creadores del nouveau roman, y los incipientes narradores
nacidos en la década del treinta (Vicente
Leñero le rinde un disfrazado homenaje,
desde las páginas de El garabato).
Inventa también a Díaz Grey (el
médico que pasa por ser su alter ego más reiterado), recupera a Larsen, el rufián
que se asomaba groseramente en las páginas
de Tierra de nadie y protagonizará
más tarde El astillero, esa cumbre
del estilo onettiano, donde la nada se parece
a una vieja manía que es imposible modificar.
Armoniosamente, junto con La vida breve nace Litty, la única hija de Onetti, acaso
el único ser en el mundo con quien se siente
enteramente feliz, “porque no me respeta
y me hace sentir que soy su amigo”. También,
porque ella es lo que el escritor ha amado siempre
y continúa amando: la belleza incontaminada
por el mundo, ese rostro inolvidable de la rebeldía
que se parece a la verdad, anterior a las reglas
del juego; la cara esquiva e irrecuperable de
los inocentes.
Para esa época, Onetti asiste también
en Buenos Aires a la muerte de Eva Perón,
desde su puesto de jefe de redacción de
la agencia Reuter. El impacto de la puesta en
escena que organizó el gobierno en los
días previos al entierro, no lo ha abandonado
todavía: se convirtió, con otros
materiales, en tres borradores de novelas que
tienden a unificarse en una sola, para narrar
las múltiples historias de quienes pasaban
horas y hasta días en la cola mortuoria,
“comiendo, durmiendo, haciendo el amor en
una de esas” en plena calle para no perder
su turno. Sin embargo, la novela en ciernes no
promete ser un juicio político ni mucho
menos: cualquier lector de Onetti puede imaginar
los epitafios que este moralista de ética
singular clavará en esa historia, el aire
familiar del hastío que ella respira para
él.
“Ocurre en Santa María”, dice,
como si necesitara confirmarlo.
Para esta noche
Se acerca la medianoche del 2 de octubre, día
en que la Comedia Nacional Uruguaya cumple veinte
años. Es el final de la cena en un desierto
restaurante del centro de Montevideo y Onetti
debe ir al Teatro Solís, donde ocupará
un lugar en el escenario, junto a los demás
miembros de la Comisión e invitados especiales.
Pero no tiene ganas: los discursos, los homenajes,
los lugares donde la gente se congrega para celebrar
lo deprimen profundamente. Hace unos momentos
estuvo hablando con el mozo (“me están
haciendo un reportaje”, anunció)
y ahora le dice con su manera socarrona, su aire
de Buster Keaton que no espera ni necesita la
complicidad del público: “Por favor,
cierre la única”.
Un rato antes, mientras se tomaba un clarito en
“La Americana”, estuvo hablando vagamente
de literatura: de Macedonio, de Borges, de Oliverio
Girondo; nunca de sus contemporáneos uruguayos.
Ahora no habla sino de la imposibilidad de prestarse
a un reportaje, de su buena voluntad para contestar
con monosílabos a las preguntas, de su
desesperanza. “No ayuda, hijo”, dice,
aceptando sin embargo otra copa de vino. En la
calle, es casi imposible desplazarse a su lado,
de tan despacio como camina: cruza las manos a
la espalda, de pronto, y se niega a seguir andando.
No ha hecho más que dos cuadras y apenas
faltan otras dos para llegar al teatro, pero se
empeña en tomar un taxi. Bromea con el
chofer, le ofrece su colaboración para
matar a unos cuantos militares, llega de todas
maneras tarde al teatro donde se demora aún
en visitar su palco atestado de familiares, antes
de escabullirse en el escenario entre un discurso
y otro.
No aguanta mucho, sin embargo. Vuelve a entrar
en el palco en penumbras y dice “vamos”,
cruza la calle hasta un boliche deteriorado, un
almacén de mala muerte que podría
integrar la escenografía de las devastadas
calles de Santa María.
Recién entonces comienza esta nota: lo
que esta nota hubiera debido ser para aspirar
a no traicionarlo. Onetti habla pausadamente,
nombra el Eclesiastés, esa gran
fuente de todo desconsuelo, aclara que cualquier
esfuerzo por convertir la vida en el lenguaje
que la representa es inútil, que toda vida
es inútil si se empeña en fijarse
tareas, “porque no hay nada por hacer, y
uno coincide por casualidad con el amor, la gloria
o la alegría: el error viene después,
cuando uno no acepta que esos momentos son irrecuperables,
y se empeña en vivir como si los hubiese
adquirido para siempre”.
Un solo gesto, una mano retirada a destiempo,
basta para condenar a un hombre a su memoria,
a rayar por el resto del tiempo ese páramo
estéril donde le parece que se ubica “toda
la literatura de infancia”, las cosas que
se recuerdan tenazmente por la vana sospecha de
que se pueda así recuperarlas.
“Me siento Larsen”, dice de pronto
entre dos largos silencios.
Larsen, alias Juntacadáveres, el más
maltratado de sus personajes, ese gordo despojo
que la crítica ha despreciado con perseverancia,
atribuyéndole todas las lacras del universo.
Se siente Larsen, claro, y no Díaz Grey
o Brausen o Jorge Malabia, que han sido sus rostros
también en otras horas de la vida: no ahora,
por supuesto, cuando “la cara de la desgracia”
se ha desplazado lentamente hasta coincidir milímetro
a milímetro con la suya, y los 58 años
que le doblan los hombros lo han convencido de
que su agonía puede ser también
una forma de la santidad.
Él no lo dice. Larsen tampoco necesita
decirlo cuando una lancha piadosa lo arranca del
astillero en ruinas, lo transporta a El Rosario
para que se muera, para que deje de acariciar
mujeres que no se parecen nunca a su esperanza,
a lo que hubiese sido su esperanza, años
atrás, cuando no había canjeado
aún definitivamente la insolencia por la
lucidez.
“Puede poner en la nota que soy un depresivo”,
informa, ya en la calle, unos momentos antes de
ir a reunirse con su mujer, cuando son las tres
de la mañana del nuevo día, y en
el Solís se sirve el vino de honor a la
concurrencia. Allí se quedará, sin
duda, agudo en las respuestas, desinteresado:
la vasta noche de Montevideo colabora al silencio,
consume su cuerpo flaco, su desesperado y tímido
amor, las palabras que ocultan más de lo
que revelan.
Su vida breve. Los momentos en que esa vida le
permitió nombrarla para siempre.
arriba
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