imagen
imagen
spacer sumario staff libros archivo enlaces malabia blog correo servicios Año 3 | febrero 2007
imagen
imagen

:: Malabia :: arte, cultura y sociedad | Barcelona, Montevideo, La Plata

imagen

CONCLUSIONES, REFLEXIONES, PROPOSICIONES
(Extraído del artículo “España va bien”)
[análisis]


Miguel Soler Roca


imgLo que relato responde a una concepción global de la sociedad, impuesta sobre seis mil millones de habitantes, basada en el imperio del mercado, en la prevalencia del capital sobre los seres humanos, en una lucha atroz por la posesión de bienes financieros y materiales y en un desprecio irresponsable por la suerte de la Naturaleza y de los pobladores de nuestra Tierra. Quienes ejercen el poder en España hacen suya esta doctrina, la aplican a rajatabla y, como ineludible consecuencia, condenan a una parte importante del pueblo español a una injustificada pobreza. El problema no radica solamente en tal o cual hecho económico o en el comportamiento de tal o cual empresario, muchos de los cuales cumplen, por otra parte, una importante función de sostenimiento de la producción de bienes absolutamente necesarios y de dinamización honesta de recursos, haciendo frente muchas veces a la hostilidad de invasores oligopólicos, tanto más anónimos cuanto más grandes. El problema radica en el modelo de sociedad por el que se viene optando, al cual, vistas sus manifestaciones, hemos de combatir hasta lograr reemplazarlo por otro que responda a una valoración positiva y justa de todos los seres humanos.
Quisiera decir –y esta es para mí también una conclusión– que no me preocupan solamente las indeseables manifestaciones materiales del sistema que vienen ganando odiosa vigencia. Que los dividendos crezcan, que el número de automóviles aumente, que los beneficios del trabajo sean injustamente distribuídos, son datos importantes del problema. Pero, tal vez por deformación profesional, la incidencia de tales indicadores en la vida espiritual de las personas es, a mi juicio, tanto o más preocupante. Y esto lo comento desde el más radical laicismo. Pertenezco al grupo de quienes creen que la vida se manifiesta en múltiples dimensiones y que las del pensamiento, el afecto, la cultura y la solidaridad son las más importantes. Al establecerse un régimen económico injusto y opresivo, se niega a miles de millones de seres el disfrute de su vida individual y colectiva, se les condena a la frustración, se les obliga a aceptar condiciones de vida absolutamente reñidas con la dignidad humana. Las cuotas de padecimiento mental y físico que ocasiona el sistema son inmensas y los límites que se imponen a la creatividad humana –en todas las latitudes, a todo tipo de grupos étnicos y culturales- confinan a las mayorías en un estado de precivilización. El ingreso de la Humanidad a un nuevo milenio debiera dar lugar a más debates.
El modelo no protege mucho mejor a los poderosos. Su desenfrenada carrera hacia la conquista de El Dorado los condena a sacrificar, muchas veces, lo mejor de sus vidas. Son muchos los que llevan una vida personal y familiar insatisfactoria, los que dilapidan energías y tiempo, en proporciones muchas veces patológicas, los que se autoacusan de transgredir los códigos más elementales de convivencia, en procura de objetivos que no resisten una evaluación basada en mejores valores.
De modo que yo no puedo creer en el capitalismo con rostro humano, presentado cada vez más como nuevo paradigma. Ni hacia arriba ni hacia abajo de la escala social el capitalismo humaniza. Ni él mismo puede humanizarse. Todo lo contrario: su filosofía, sus aplicaciones, la dinámica con que opera y los antivalores que genera son contrarios a la condición humana. Es necesario, antes de que nos hundamos todos, concebir e instaurar un modelo alternativo, que, hablando en términos muy generales, habría de inspirarse, según mi parecer, en los principios del socialismo, un socialismo actualizado a estos inicios del siglo XXI. Esta afirmación –este sentimiento, debiera decir- no tiene necesariamente concreción en las formas partidarias que el “socialismo” ha tomado en España y otros países. El capitalismo tiene una irrefrenable vocación de crecimiento y tiende a maximizar su poder extraeconómico y sus efectos depredadores sobre la convivencia humana. Resulta forzoso retomar, actualizar y construir el ideal socialista.
El tránsito de un modelo sociopolítico a otro ocasionará, sin duda, grandes trastornos y una inevitable crisis económica, usando la palabra “crisis” en el sentido amenazante que frecuentemente se le da. Muchos de los sectores actuales de la economía deben ser reconvertidos y, en algunos importantes casos, desaparecer, lo que aumentará el desempleo y, aunque sea transitoriamente, la desesperación. He sostenido siempre que resulta absolutamente indispensable eliminar las fuerzas armadas y suprimir totalmente la producción, venta y uso de todo tipo de armas. Esta es una irrenunciable consigna, por utópica que parezca a estas alturas del discurso militar y militarista. A ello habría que agregar que progresivamente los medios de transporte colectivos han de ir reemplazando al automóvil privado, que la publicidad desenfrenada actual ha de ser sustituída por vías de información honrada a disposición de todos, que el mensaje de los medios de comunicación clama por una gran simplificación y por un radical mejoramiento cualitativo, debiéndose reemplazar la “basura” televisiva y periodística por contenidos de interés sociocultural, que no es posible continuar expoliando la Naturaleza para generar energía, que hemos de aprender a extraer de fuentes inagotables y no contaminantes, que una gran parte de los artefactos con que hoy atiborramos todas las viviendas admiten un uso colectivo no reñido con las libertades individuales, que el deporte de élite y todo su poderoso entorno económico y cultural debiera ceder espacio al deporte popular participativo, que la explotación comercial de las creaciones culturales ha de ser regulada de modo que recuperen su función social, etc. etc. La conclusión es que un análisis crítico de cómo vivimos debiera llevarnos a una progresiva simplificación, a una cierta austeridad, a un mucho más razonable uso de bienes perecederos, de los que hoy hacemos abusiva explotación, y al respeto y protección de la capacidad creadora de los individuos y los pueblos.
Como contrapartida se impone una redistribución del tiempo de trabajo, tanto al interior de la semana (proceso irrefrenable ya) como a lo largo de la existencia. No constituye ninguna catástrofe que el desarrollo tecnológico, las aplicaciones de la informática, la racionalización de la producción y el buen uso de los bienes que hemos creado operen como fuerzas reductoras del tiempo de trabajo. La condición humana no depende de la cantidad de trabajo que se nos confía sino de la calidad de vida que podemos obtener trabajando lo más creativa y racionalmente posible. Ciertos trabajos debieran ser ejecutados por todos, compartiéndolos rotativamente, por lo menos durante un período de nuestras vidas. Hay tareas reconocidamente insalubres, desagradables o peligrosas. Si son necesarias debiéramos redistribuirlas, sin condenar a ningún hombre o mujer a realizarlas, como única opción, durante toda su vida. Nuestra sociedad relativamente avanzada requiere nuevos trabajos: la reforestación de grandes superficies hoy en proceso de erosión, el acondicionamiento de pueblos y ciudades con preocupación por la genuina seguridad, la higiene y la estética, la atención de las necesidades de las familias, en particular de los niños, los enfermos y ancianos, la creación de bienes culturales de toda índole (a mí no me molestan los músicos en la calle y me gustaría que hubiera muchos más), la reparación de las viviendas vetustas que todavía existen y la construcción de otras nuevas, en especial para los jóvenes, la gratuidad de los servicios de sanidad y educación y su universalización, la organización preventiva de servicios de socorro ante emergencias producidas en cualquier parte del mundo por catástrofes naturales. Son apenas ejemplos que demuestran que el trabajo económicamente justificado y socialmente útil no nos ha de faltar y que su realización resulta compatible con la supresión de muchas de las indeseables actividades que hoy nos hemos impuesto y con la superación de las indignas condiciones en que vive nuestro propio Cuarto Mundo. Es un hermoso desafío: cómo reorganizar la sociedad sobre pautas axiológicas diferentes.
Quisiera referirme a nuestras relaciones con el Tercer Mundo. Ésta es actualmente una relación totalmente enferma. Nuestras transacciones comerciales con los países pobres son depredadoras. España, en un proceso de delirante neocolonización, se está apoderando de lo que los pueblos de América latina edificaron con grandes sacrificios. Nuestras empresas se transnacionalizan y son mayoría, sin duda, los ciudadanos que encuentran positivo que, gracias a la agresividad de nuestros empresarios, se vaya construyendo un imperio económico de ultramar, que no puede seguirse desarrollando sin cuotas elevadas de usura, rapiña e insolidaridad. Nos llenamos la boca con la llamada “comunidad hispanoamericana”, despreciando totalmente los intereses de los pueblos que, en nuestras horas difíciles, supieron ser hospitalarios con nuestros emigrantes y exiliados. El ejemplo de lo que ocurre con América Latina no excluye que el modelo se repita en otras áreas del mundo donde el lícito comercio es reemplazado por la exacción especulativa. Cabe aquí la urgente condonación de la totalidad de la deuda externa y la sustitución de nefastos mecanismos reguladores que no han hecho sino agravar los problemas, aumentando las distancias entre los pueblos, como es el caso del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio. Por otra parte, la solidaridad con otros pueblos bien pudiera significar la adopción de nuevas tasas impositivas como la “Tasa Tobin”, susceptibles de financiar el auténtico desarrollo del Tercer Mundo, y la planificación del trasvase masivo de conocimientos para que aquellos países pudieran superar las actuales limitaciones de su nivel de vida, salvaguardando siempre, naturalmente, su soberanía y su cultura. ¿Cuántos jóvenes podrían encontrar empleo y satisfacciones en una cooperación no expoliadora que acelerara la supresión de insuficiencias totalmente injustificadas dado el grado de saber que hemos alcanzado? Este delicado terreno –el de una cooperación hoy exigua e interesada- merece un gran debate en que los pueblos participen, en pie de igualdad, para definir caminos de prosperidad fraternal y no de avasallamiento. Ahora, justamente, en que se sueltan las campanas anunciando que nuestros presupuestos rebosan superávits, debiéramos embarcarnos en estas desafiantes aventuras en lugar de repartir los beneficios entre unos pocos, como estamos haciendo.
Me sumo a quienes propugnan que todo ser humano pueda ejercer el derecho de ocupar un lugar digno en la sociedad. La fórmula para lograrlo viene llamándose “renta básica”, “salario real” o expresiones similares, cuyas diferencias de contenido me constan pero no han de obstar a su proposición, tras un debate a fondo. Por el hecho de ocupar un lugar en el mundo, cada uno de nosotros es a la vez receptor y oferente de apoyo social. No es justo que sigamos condenando a una parte creciente de nuestra sociedad y de otras sociedades a la condición de excluídos. Aun sin suprimir el sistema capitalista, éste debiera atribuir a toda persona, como ya lo preconizan muchos partidos de la izquierda europea, los medios suficientes para cubrir las necesidades elementales, incluyendo la salud, la educación y la cultura. No hay nada nuevo en ello; basta con recordar los viejos postulados de las revoluciones de los últimos dos mil años. Los recursos no faltan y existen cálculos sobre la viabilidad de este propósito que es de justicia llevar a la práctica con alcance universal.
Mi profesión me lleva a una penúltima reflexión: viene resultando preocupante la gran distancia que existe entre los fines, contenidos y métodos de los sistemas educativos –en casi todas las partes del mundo- y las realidades y necesidades del mundo actual y futuro. No quisiera extenderme en el análisis de este problema, que he comentado en detalle en otros trabajos, pero es mi convicción que con demasiada frecuencia la educación agrava la desigualdad social, el individualismo, la insolidaridad, el fanatismo, el racismo. Señalo, para ser breve, que se impone un sincero y permanente diálogo que supere lo que en otras ocasiones he llamado “malestar educativo”. Dentro de este tema, me parece irrenunciable la defensa de la laicidad y gratuidad de las enseñanzas de todos los niveles y modalidades y la obligación que todos tenemos de practicar una vigorosa y lúcida defensa de los servicios públicos de educación.
Para terminar: tendemos a querer estar al día y, por no quedar en inferioridad de condiciones, todos empleamos términos como modernización, globalización, neoliberalismo, pensamiento único, marginalidad, exclusión y tantos otros, cuyo examen nos distrae de lo que realmente importa y nos lleva a renunciar al uso de vocablos que, a mi juicio, mantienen plena vigencia. Ocurre como si los acelerados cambios que experimentamos cancelaran viejas y legítimas perspectivas y nos obligaran a una actualización vocabular propia de iniciados, escamoteadora de los problemas y las necesidades de los pueblos. Prefiero reconocer que estamos en plena expansión del sistema capitalista, que el imperialismo –y en primer lugar el de los EEUU– se ha impuesto y tiende a aumentar su poder, que los llamados ministerios de defensa siguen haciendo la guerra de agresión con creciente proporción de víctimas civiles, que los excluídos de hoy son los pobres de antaño y de siempre, que la inequidad no es otra cosa que la explotación y las disparidades son verdaderas injusticias, que la cooperación internacional no reemplaza la solidaridad, que los lobbys políticos y económicos son el solapado vehículo del colonialismo y el neocolonialismo, que la globalización es el disfraz de la americanización hegemónica, que el conflicto social enmascara una dramática, permanente e inevitable lucha de clases. Viejo no resignado ni resignable, conservo mi vocabulario de muchacho rebelde y, tal como quisiera que hicieran los jóvenes de hoy, trabajo con empeño por alcanzar la difícil pero necesaria coherencia entre protesta, resistencia y utopía.

arriba

descargar pdf Descargar PDF

 
imagen

sumario | staff | libros | archivo | enlaces | mlb | blog | contacto | servicios

imagen esq imagen
imagen imagen

:: Malabia :: arte, cultura y sociedad | Barcelona, Montevideo, La Plata