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De la inquietud al inmovilismo
[análisis]
Carlos Liscano
De la inquietud al inmovilismo está escrito por Carlos Liscano, uno de los autores más importantes del panorama actual de la literatura uruguaya, y fue publicado en el semanario Brecha a principios del mes de Junio. Pese a tratarse de un análisis específico sobre la situación de la cultura uruguaya, los razonamientos vertidos en él podrían aplicarse, con ligeros matices, a otras latitudes. Esa cualidad, aparte de la calidad inherente a la producción de este escritor, le da mayor vuelo y nos lleva a reproducirlo.
Ernesto Vila decía hace poco... que los plásticos uruguayos
viven soplando una bandera de piedra,
no porque crean que algún día la bandera se va a mover,
sino para morir soplando.
Brecha, 16-VII-99
1
Existe inquietud en los trabajadores de la cultura porque nadie sabe qué piensan hacer los dirigentes de izquierda con y para la cultura. Los intentos por averiguarlo no logran casi nada. Parecería que hasta la palabra cultura ha sido desterrada del discurso de la izquierda.
Lo que los trabajadores de la cultura quieren saber, creo yo, puede ser formulado con sencillez: ¿qué valor y qué importancia darán los dirigentes políticos de izquierda a la cultura a partir de marzo de 2005? Quieren saber eso y debatirlo ahora, no después, algún día, cuando haya tiempo. Si los dirigentes de izquierda no dan a conocer qué piensan y no alientan el debate, están dando a entender que no entienden la importancia de este asunto. Como para todos los casos, también en este el silencio es opinión o desinterés o ignorancia.
La izquierda reconoce que hay emergencia social, sanitaria, educativa. Los dirigentes no dicen que también hay emergencia cultural que, en parte, es causada por las anteriores y en parte las incluye. Que es necesario reconocer el estado de emergencia en que se encuentra la cultura y elaborar las ideas que sustentarán el plan de emergencia. De otro modo: la emergencia social es también emergencia cultural. No habrá soluciones para una sin hacer nada por la otra.
La izquierda debe tener ideas claras sobre qué quiere hacer con la cultura si llega al gobierno. No por oportunismo electoral sino por convicción de que hay en la cultura un capital humano y simbólico imprescindible para la identidad del país y el desenvolvimiento de la sociedad. Esas ideas, como la izquierda dice aceptar para todos los sectores de la sociedad, no se elaboran y perfilan sin que los interesados participen.
En el debate sobre política cultural la izquierda tiene todo para ganar y nada para perder. Más: la izquierda puede perder mucho si no da ese debate y permite que el territorio de lo simbólico sea ocupado por gente que aparenta preocupación por la cultura y cumple mandados de la derecha. La diferencia entre esos mandaderos y los trabajadores de la cultura está en que los segundos tienen un interés genuino por los problemas del país y los otros no. Los mandaderos quizá no obedezcan a un plan de la derecha, pero le son funcionales.
La ausencia de debate mantiene inmóvil a un sector, los trabajadores de la cultura, que tiene una gran capacidad multiplicadora de las ideas y la sensibilidad de los ciudadanos. Parecería que los dirigentes de izquierda prefieren que nos quedemos en casa. Si por lo menos dijeran por qué creen que debe ser así, uno se quedaría en casa tranquilo. Inmóviles, pero sin inquietud, que ya es un alivio. De otro modo: movilización o alivio, por favor, pero nunca este estado de no-existencia.
2
La globalización viene acompañada de una ideología que afirma que nuestra Historia, es decir la identidad de uruguayos, acabará siendo mera nostalgia de retrógrados. Esa ideología, como toda ideología, no es espontánea ni inocente. Hace estragos allí donde el modelo de desarrollo propuesto por el poder favorece la creencia de que nada de lo nuestro tiene valor ni sentido. Esa xenofilia es, si puede, todavía más perniciosa en una sociedad de tres millones de habitantes, donde la pobreza es el pan de cientos de miles.
El modelo de desarrollo que el poder ha propuesto desde hace no sé cuántos años dice que la absorción por el mercado de todas las actividades humanas, incluida la cultura y el arte, es ley histórica. El mercado es siempre el mercado internacional, y no el nuestro, que es escaso y pobre, como sabemos. Por tanto, no hay que hacer nada, más que dejarse estar, hasta que llegue el progreso, nos abrace y nos haga felices. Sin identidad pero globalizados.
En ese proyecto de país el arte y la cultura dejan de ser el lugar de la invención, de la aventura, de la crítica de lo recibido. Instala el reino del inmovilismo y la frustración. Lo bueno, si bueno, debe ser global o no será bueno. Por eso debemos trabajar para ser una sociedad del Primer Mundo. El caso más patético fue el de Menem, que decretó que Argentina ya estaba allí, aunque el pueblo no se enteraba. Un presidente que tuvimos medía nuestro desarrollo por la cantidad de autos nuevos que se vendían. Un sector de la sociedad aceptó ese proyecto, dejó de luchar por la escuela pública, por la salud pública. Su inseguridad los llevó a creer que la salvación estaba en que sus hijos fueran bilingües o trilingües a los quince años. Prepararon a sus hijos para el Primer Mundo. En 2002 todo se hundió. Ni los trilingües se salvaron.
La Ley de Impunidad fue una operación de la derecha para borrar la identidad de los uruguayos. Sin historia y sin identidad el ser humano deja de verse a sí mismo como grupo que actúa, se alegra y sufre de modo colectivo. El ciudadano, en la soledad, construye proyectos al margen del grupo. Desaparece la memoria: aquí nunca hubo creación, trabajo, organización, lucha, victorias, derrotas. Todo lo produjo la mera relación entre el individuo aislado y el mercado. ¿Cuántos hijos y nietos de aquellos obreros que ocuparon los lugares de trabajo en la huelga de 1973 ignoran el coraje cívico de sus padres y abuelos? La Ley de Impunidad vino a decirles: la resistencia es un gesto vano, ni recuerdos deja. El mismo presidente que dijo que íbamos bien porque se vendían muchos autos nuevos fue el que escribió a los escritores del mundo que en Uruguay no había niños desaparecidos. Desde entonces estamos enterados.
La cultura es, entre otras cosas, causa de arraigo en la sociedad. Es eso lo que los jóvenes no encuentran aquí y por eso se van. La cultura es razón de integración. No hay inclusión sin participación cultural. No es más que eso lo que los trabajadores de la cultura quieren hacer saber a los dirigentes políticos de izquierda. Pero, también, que antes de planear nada se necesita el intercambio de ideas, saber qué tenemos, dónde estamos, a dónde queremos llegar.
3
Es necesario ideologizar el debate en el sentido de hacer ver que la cultura ha sido, es y será fuente de democratización y de desarrollo humano. Ideologizar es aceptar nuestra historia e incluirla en el debate. El debate pasa, o mejor dicho empieza, por obligar a los dirigentes políticos de izquierda a que digan qué van a hacer con la cultura, o paguen el precio de su silencio. Los trabajadores de la cultura siempre tuvieron muy claro qué lugar debían ocupar en la resistencia a la dictadura. ¿Hay que recordarles que los mediocres de la dictadura nunca pudieron mostrar un artista de primer nivel que los apoyara? Fueron artistas, músicos y poetas, quienes alimentaron el imaginario ciudadano en los duros momentos de resistencia al autoritarismo. ¿Se acuerdan?
La derecha busca banalizar la cultura y desacreditar a los trabajadores de la cultura. Si lo consigue, habrá quitado a la sociedad uruguaya su mayor usina productora de ideas e identidad. Hoy, más que elaborar planes para la cultura de un gobierno de izquierda, es necesario iniciar el debate de ideas. Los planes pueden ser unos u otros. Las ideas que sustentan los planes no pueden ser cualesquiera.
La derecha ya ha empezado el debate. Como es su costumbre, lo hace tratando de desacreditar lo ajeno más que proponiendo algo propio. Es necesario el debate sobre la cultura, entre otras cosas, para no permitir que la derecha desacredite las ideas de la izquierda simplemente porque la izquierda no da a conocer sus ideas.
La educación está en crisis y son necesarios planes de emergencia para recuperar la escuela y el liceo público. La izquierda debería atar el trabajo cultural a las tareas educativas. Son dos áreas distintas, pero sin educación no habrá quien se interese por y exija su derecho a la cultura, que es un bien público y colectivo. Sin educación tampoco habrá futuros trabajadores de la cultura ni ciudadanos preparados para exigir el derecho a participar en ella y disfrutarla.
El Ministerio de Educación y Cultura, la Dirección Nacional de Cultura están, dicho lo menos, incapacitados para idear, organizar o impulsar proyectos o debates culturales. Están en la ruina y burocratizados. Ni siquiera vale la pena criticarlos. No por aceptar lo malo establecido, sino para ahorrar energías y tiempo. Las energías y el tiempo que se necesitan para reinventar con fantasía e ilusión los patrones y los valores a que debe aspirar la cultura. Pero, además, porque para poner en marcha las instituciones existentes, reformarlas, hacer que cumplan con sus funciones, es necesario llegar a ellas con ilusiones, con ideas previamente definidas, y contar con el apoyo y el impulso de los trabajadores de la cultura, que a su vez deben contar con el apoyo inteligente de los políticos. Quizá sea útil aclararlo: los trabajadores de la cultura no necesitan ser apadrinados por los políticos sino su apoyo inteligente.
Los trabajadores de la cultura no piden plata, sino el debate de ideas. Quieren saber si los dirigentes de izquierda le asignan a la cultura el lugar central que debe tener en el desenvolvimiento de la sociedad y en la crisis actual. Ese debate, ese reconocimiento, dirá al final qué presupuesto debe dedicar el Estado a la cultura. Lo subrayo porque cuando los trabajadores de la cultura hablan de presupuesto enseguida los dirigentes dicen: para darle a la cultura hay que sacar de otro lado. No, mi amigo, no se trata de darle nada a la cultura, sino de devolverle lo que se le ha quitado, entre otras cosas su papel en la creación de la identidad y la inclusión social.
4
Los dirigentes de izquierda no pueden desestimar por prejuicios o por “falta de tiempo” para discutirlo el valor multiplicador de ideas que cumplen los trabajadores de la cultura. No contar con los trabajadores de la cultura, su capacidad, su fantasía, su experiencia, su genuino papel democratizador es un lujo que ninguna sociedad puede darse. Menos Uruguay, que está en emergencia social.
La inquietud de la gente de la cultura no es reciente ni es poca. Tiene este fundamento, que repito: la izquierda, sus autoridades políticas, no debaten sobre las ideas que aplicarán en o para la cultura si llegan al gobierno. No es que no debatan: ni siquiera se sabe si creen que ese debate es superfluo o fundamental. Siendo cortos y para que no queden dudas: ¿les preocupa este asunto? ¿Cuánto? ¿Algo, mucho? ¿Nada? No es más que eso lo que queremos saber. Podrán decirnos que, para ser ecuánimes, también deberíamos preguntárselo a los dirigentes de la derecha. Entonces no se han enterado de que la inmensa mayoría de los trabajadores de la cultura ha votado consecuentemente a la izquierda durante décadas.
La operación de barrer con la identidad y la diversidad cultural de los uruguayos pasa por banalizar la cultura, hacer saber que el intelectual y el artista comprometido con su sociedad es un anacronismo, que vivimos la hora del experto que solo tiene compromiso con el sector de la realidad en que se supone es especialista. Si los dirigentes de izquierda miran para el costado cuando se habla de cultura, están colaborando, por omisión, con las intenciones de la derecha.
La lucha contra el vaciamiento de la identidad no está perdida, pero tampoco está ganada de antemano. Esa lucha es obligación histórica e irrenunciable de los trabajadores de la cultura, pero no podrán llevarla adelante solos. Es necesario que los dirigentes políticos de la izquierda estén atentos y sean sensibles, que comprendan que la cultura no es adorno, no es entretenimiento, sino que es el mayor capital que tenemos los uruguayos.
Esperemos que la inquietud les llegue y se sensibilicen. Que se sensibilicen a tiempo. Porque si creen que da lo mismo llegar en hora que tarde, quiere decir que no llegarán nunca. Después no se quejen.
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