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Nena querida
[narrativa]
Cristina Peri Rossi
La reconocida escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, cuya obra
poética ha sido publicada recientemente
bajo el título de “Poesía
reunida” por la editorial Española
Lumen, nos ha concedido el honor de publicar el
primer capítulo de su novela autobiográfica
inédita “Nena querida”.
NENA QUERIDA
(Un cuento de William Saroyan)
La primera vez que vi el libro
fue en la biblioteca de mi tío. Tenía
las tapas duras y una sobrecubierta muy coloreada,
donde se veía a un hombre bebiendo una
copa en un bar. Los colores eran alegres (había
mucho amarillo, mucho colorado) pero estaban diluidos
como si se tratara de pintura a la acuarela. Y
el dibujo, de líneas delicadas, muy finas.
La editorial era Plaza y Janés, y el libro
se titulaba Nena querida. El autor –desconocido
para mí– se llamaba William Saroyan.
Yo tenía unos catorce años, y devoraba
todo lo que caía en mis manos. No sólo
leía los libros de la nutrida biblioteca
de mi tío. También leía los
cuatro periódicos diarios que se compraban
en la casa de mi abuela, las revistas semanales
o quincenales de moda y del corazón (las
femeninas Para ti y Maribel,
llenas de relatos sentimentales), los prospectos
de los medicamentos, los recibos de las compañías
de la luz, la guía telefónica (que
incluía divertidos anuncios publicitarios),
los almanaques de pared llenos de historias de
santos y de mártires (de santas y de mártiras)
y cualquier trozo de papel que tuviera alguna
clase de inscripción, a mano o a máquina.
Recuerdo, fascinada, cómo un día
descubrí un trozo de papel escrito con
tinta azul que había caído en un
charco de agua; vi cómo las letras, las
redondas y las altas, las abultadas y las delgadas
iban desapareciendo y de un manotazo rescaté
el papel: colgó, como una hoja caída
del árbol, y ante mi desesperación,
las letras fueron chorreando, escurriéndose
entre mis dedos. Sólo se salvó una
R inicial, y una d, varios espacios después.
Con el papel mojado (por tanto débil, frágil)
en la mano, intenté saber qué diría.
Pensé palabras. Deduje que posiblemente
empezaba así: “Recuerdo…”
recuerdo tenía una r inicial y una d que
correspondía, más o menos, al blanco
que había hasta la d. Acepté que
era recuerdo. Pero ¿qué recordaba?
¿quién le escribía a otra
persona contándole lo que recordaba? Y
de pronto, fui consciente de la tragedia, de la
muerte: alguien había fijado en letras
sus recuerdos, para que alguien lo supiera, como
se tira un hilo al agua, como se establece un
puente, pero el hilo se había roto, el
puente, descolgado. El destinatario de la evocación
ya no sabría, nunca más, que alguien
le había dirigido sus recuerdos, que alguien
había intentado posiblemente compartirlos,
despertar recuerdos comunes. Puse a secar el papel.
Sin embargo, las letras –los recuerdos–
habían desaparecido para siempre. Y yo
era la testigo de ese crimen, de ese acto fallido,
de ese puente roto, de esa falsa comunicación.
Comprendí, súbitamente, la esencia
de los malentendidos que constituyen la trama
de la vida y de las novelas.
La biblioteca de mi tío estaba en su habitación,
una modesta habitación de piso de tablas
de madera y una ventanita que daba al fondo de
la casa, donde crecía una bugambilia rosada,
se erguía el delgadísimo tallo de
un jazmín del país que sin embargo,
sobre los tirantes de alambre se enredaba en miles
de ranas enroscadas, daban frutos un par de higueras,
tres naranjos y dos limoneros. En la habitación
había una vieja cama de bronce, un escritorio,
un ropero y varias estanterías llenas de
libros.
En cuanto llegaba del colegio me encerraba en
la habitación de mi tío a leer.
Aquella me parecía la biblioteca de Alejandría,
con miles de libros, desde La Ilíada y
La Odisea hasta Orlando, de Virginia Wolf, en
traducción de Jorge Luis Borges.
Yo leía con la delectación indiscriminada
de una adicta y de una conversa. Mi religión
era la literatura –más precisamente:
el conocimiento, pero el conocimiento que proporcionaba
la literatura– y los libros eran los monjes
y las monjas, que celebraban el culto desde las
páginas, desde los lomos de los libros,
con letras doradas y marcadores de tela. No tenía
ningún interés en seleccionar, porque
no pensaba dejar de leer ninguno: no había
ninguna razón como para preferir a uno
antes que a otro, dada mi ignorancia –que
estaba dispuesta a superar rápidamente–.
Retenía todos los nombres de los libros,
todas las biografías de los autores, todas
las solapas. La literatura me parecía un
vasto océano, lleno de islas, de pelícanos,
de cetáceos, de criaturas fantásticas
y otras reales, y me parecía que cada libro
tenía su valor, su sentido; como en los
planisferios y en los mapas, había rutas
que llevaban de un libro a otro; había
caminos que conducían a autores diferentes,
y cada vez que leía el nombre de un libro
que no figuraba en la biblioteca de mi tío,
lo registraba en la memoria, para leerlo más
adelante, cuando tuviera dinero propio como para
comprarlos. Mi mente se convirtió en un
fabuloso ordenador (hice igual con el cine, a
la misma edad). Tenía voluntad enciclopédica:
si un libro llevaba a otro, estaba segura de poder
leer algunos miles, durante mi vida, pero me decepcionaba
saber que nunca viviría lo suficiente como
para poder leerlos todos.
Y cuando terminaba un libro, leía la lista
de autores de la colección, y subrayaba
los títulos que me parecían más
sugestivos: formaban parte de mi deseo, eran los
eslabones de una cadena ininterrumpida. Así
aprendí que la seducción de la lectura
empieza por el nombre del libro. (La balada
del café triste; El filo de la navaja;
Las olas; Cantos de vida y esperanza; Poemas humanos;
Crimen y castigo; La muchacha de los ojos color
de oro; Adán Buenosayres; En busca del
tiempo perdido; La muerte de un viajante; Los
caminos de la libertad; El segundo sexo; Hojas
de hierba; El guardián en el centeno; Sueño
de una noche de verano; El poeta en Nueva York;
El juguete rabioso; Las noches blancas.)
Nena querida me pareció
un título tierno y sentimental. No era
una frase vulgar; todavía no lo era. Decirle
a alguien “Nena querida” estaba lleno
de sentidos ocultos; la primera ambivalencia era
llamar “nena” a una mujer, pero en
castellano (por lo menos en el seductor castellano
que se habla en Montevideo) era una manera sugestiva
de llamar precisamente a quien ya no era una niña
Acompañado del querida le agregaba una
nota de sensualidad y afecto con ciertas reminiscencias
pedófilas (palabra que yo ignoraba entonces).
Lo abrí con delectación. Las páginas
estaban un poco amarillentas, como ciertos sellos
antiguos y la humedad las había sembrado
de manchas como pecas. Olía a libro viejo,
pero no lo era: una inundación reciente
había mojado el estante más bajo
de la librería y aunque mi tío y
yo pusimos al sol las páginas de los libros,
igual habían amarilleado. La primera página
indicaba el título original, Dear Baby,
mucho más vulgar que Nena querida. El traductor
era Ignacio Rodrigo. La sobrecubierta y las ilustraciones
correspondían a Juan Palet y la portada
a R. Giralt Miracle. La primera edición
era bastante reciente: l946. Yo había nacido
en l941. Era, pues, un autor contemporáneo.
Hay algo que siempre le deberé a mi tío:
que su biblioteca no fuera exclusivamente de clásicos.
Que al lado de Shakespeare estuviera John Osborne,
y al lado de Virgilio, Vicente Aleixandre. Una
divertida turba de infames locos. La segunda página,
era una dedicatoria. Decía: Este libro
es para Carol Saroyan. Y
más abajo: “Lo que en este librito
se dice no es lo que yo te diría en definitiva;
pero que él sea el primero entre muchos
dones de amor: un presente hecho de todo cuanto
yo era en años ya remotos, antes de que
te viera”.
No he leído nunca una dedicatoria más
conmovedora. La humildad del autor que frente
a la inmensidad de la amada llama “librito”
a su obra y confiesa que todo lo que se dice en
él, no es lo que le diría en definitiva.
Porque ¿qué puede decirle el enamorado
a la mujer que ama? (El sexo de quienes se aman
es irrelevante). El amor es indecible,
por eso mismo, hay que rodearlo tantas veces,
asediarlo por todos lados, sabiendo, en suma,
que es inabordable. El amor no se puede decir,
por eso mismo, todos escribimos poemas de amor
cuando estamos enamorados, y leemos ensayos sobre
el amor, y damos vuelta a la noria de la imposibilidad
de decir qué amamos cuando amamos y a quien
amamos cuando amamos. Desde la humildad de reconocer
que ni siquiera un buen escritor puede decir algo
acerca del amor que siente, Saroyan le dedicaba
el libro con la advertencia de que no era eso
lo que quería decirle en definitiva, pero
la definitiva quizás nunca sería.
Sin embargo, de este fracaso, rescataba el libro
por ser un don de amor. Uno de los muchos
dones del amor. Maravillo reconocimiento: el amor
se reconoce por la voluntad de dar. Por el deseo
de dar. El amor debe ser recibido como un don
para dar al otro. ¿Y qué se da? “Todo cuanto yo era en años ya
remotos, antes de que te viera”. Al
otro, a la otra, uno, una, le da lo que es y lo
que fue. Porque el enamorado no sólo quiere
poseer el presente, está especialmente
celoso del pasado, allí donde biográficamente
no pudo estar. El “si te hubiera conocido
antes…” es la patraña con la
cual intentamos llenar ese vacío, arrepentirnos
de ese pasado donde el otro o la otra no estuvo,
pero hubiera querido estar, hubiéramos
querido que estuviera. Pavese escribió:
“Síntoma inequívoco de amor
es contarle al otro nuestra infancia”. Allí
donde no pudo estar, lo que no pudieron compartir.
Saroyan se lo entrega, le entrega quién
era “antes de que te viera” en forma
de libro. Comprendí en toda su intensidad
la delicadeza y profundidad de haber usado el
verbo ver en lugar de conocer. No le dice “antes
de conocerte”: le dice antes de verte. Como
Dante vio a Beatriz a la salida de la iglesia.
No conocemos al otro, a la otra: “la vemos”. Antes de verte: los ojos aman. Los ojos
acarician, investigan, atrapan, poseen…
Dos enamorados no dejan de mirarse, como si la
mirada fuera el falo. Te penetro me penetras con
la mirada. Te miro me miras y en tus pupilas,
me miro mirarte y tú en las mías
me miras mirarte. Te miro justamente porque estás
afuera, porque no estoy en ti y quiero estar,
quiero fundirme. La mirada es el reconocimiento
de que quien amamos está afuera, no adentro.
Y de que quisiéramos poseer lo imposeíble:
mientras nos miramos se experimenta una placentera
inquietud, una complicidad que fluye, pero que
parece romperse cuando uno de los enamorados baja
la cabeza o se vuelve. Ahí se fuga. Ahí
empieza la soledad.
Saroyan había nacido en l908 en Fresno,
California (la ciudad del cine), en una familia
muy humilde de origen armenio. Aprendió
a escribir con dificultad el inglés, y
convirtió esa dificultad en un rasgo de
estilo: escribe con la sencillez de los emigrantes
obligados a aprender una lengua que no es la suya.
En l915 se produce el exterminio de más
de un millòn de armenios a manos de los
turcos, y algunos consiguen huir a los Estados
Unidos. William Saroyan será siempre fiel
al recuerdo de sus orígenes, enamorándose,
sin embargo, del país que los adoptó.
Me enamoré del relato que da título
al libro y en los meses siguientes, devoré
todas las obras que pude conseguir: La
comedia humana, Mi nombre es
Aram, El tigre de Tracy;
la mayoría de sus libros estaban editados
por Plaza y Janés, pero otros, los obtuve
después, en otras editoriales.
Yo, como Saroyan, también me enamoré.
Y cuando me enamoré, no encontré
mejor “don” para la mujer a la que
amaba que regalarle mi ejemplar de “Nena
querida” (entonces, todavía no había
publicado mi primer libro, pero creo que aún
así, se lo habría regalado igual).
También leí sus novelas. Los retazos
de su vida los iba encontrando en las solapas
y en ciertos pasajes de sus relatos, como los
cuentos –tiernos y escépticos–
que escribió en la etapa de guionista en
Hollywood. O esa novela desgarradora: “Es
cosa de risa”.
Cuando te encontré, en l969, estabas
casada, por segunda vez, y vivías en otra
ciudad, en otro país. Estabas de paso por
Montevideo, te ibas en una semana. Tuvimos una
noche larga y lenta, calurosa, para conocernos.
Para hablar de gustos: “¿A quién
lees?” “¿Qué escuchas?”
“¿Qué películas ves?”
“¿Maoísta o trostkysta?”
Se escuchaba batir el mar. Siempre se escucha
batir el mar en Montevideo. Comimos –a las
cuatro de la mañana– milanesas con
pan. Yo no pude comer: el bolo del amor me cerraba
el estómago. No dormimos. A la mañana,
te dije que me esperaras, que quería traerte
un regalo, después de dar mis clases matutinas
de literatura y revolución. Me esperaste
en una esquina, la esquina de todos los vientos.
Lejos, aullaba el mar. El mar es como un lagarto,
cuando está en calma; cuando está
airado, es un felino que se desliza sigiloso hasta
que salta, trepador, aullando lascivamente. Nos
fuimos a un hotel. Qué raro, un hotel,
en la ciudad donde se vive, dijiste (desde entonces,
todas mis primeras citas de amor han sido en hoteles;
en hoteles en Cádiz, en Boston, en Barcelona,
en Madrid, en Berlín, en París,
en Washington). Dos mujeres solas, sin equipaje,
en una habitación de un hotel mediocre,
cerca del puerto. Cuando me incliné sobre
vos, en la cama, te murmuré al oído:
“Nena querida” y vos dijiste, queda,
lentamente: “Del libro homónimo de
William Saroyan”.
El regalo que te había traído era
la edición de Plaza y Janés de Nena
querida. Celestino fue el libro, Celestino fue
el mar, Celestino fue el autor. ¿Cómo
no iba a enamorarme de una mujer cuyo libro favorito
era Nena querida?
Quince años después, en otra ciudad,
ésta europea, la primera vez que besé
a otra mujer me murmuró al oído:
“Nena querida”. Y yo le respondí:
“Del libro homónimo de William Saroyan”.
Cuando nos levantamos de la cama (no era un hotel,
era su casa) me condujo a la biblioteca. En la
biblioteca había un libro: era Nena querida
de William Saroyan, en la edición de Plaza
y Janés. Con admiración, abrí
la primera página. Allí, debajo
de la dedicatoria que el autor le había
hecho a su esposa, había otra: la que yo
le había hecho a la mujer de Montevideo.
Ahora era suyo. Ella se lo había regalado.
Celestino fue el libro, Celestino fue el mar,
Celestino fue el autor.
La última vez no hubo libro. Cuando
me incliné para besarte iniciáticamente
(no fue en un hotel, fue en mi casa) me dijiste:
“Nena querida”. Y yo te contesté:
“Del libro homónimo de William Saroyan”.
Pero tú no lo habías leído,
y yo no te lo regalé. Quería vivir
sin él durante un tiempo. Dos años
después, me regalaste la autobiografía
de William Saroyan que compraste en una librería
de saldos, las librerías que amábamos.
Saroyan ha muerto hace pocos años.
Hoy, alguien, me ha regalado un libro que viene
de lejos, que viene de Montevideo. Cuando he abierto
el sobre, apareció otra vez: Nena querida.
En la portada, encuadernada de un verde profundo,
en letras doradas, se puede leer: Para Cristina.
Es la primera vez que alguien me ha dedicado el
libro a mí.
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