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Poemas
Aricy Curvello
>> artículo en portugués
El campamento
(Puerto Trombetas, Pará.
Amazonia brasileña, 1975/1976)
1
Barracones contra el río,
el páramo contra las tablas.
Ninguna señal para orientarte, ninguna, sino flujo
y pasaje,
el significado para las aguas, la hierba pisada
alrededor de las casas.
Ningún cielo, ninguno, techos de aluminio y una
Selva de llagas.
De lo que dejaste atrás y de lo que todavía vendrá
de más
lejos sobre más sombra,
suelo nocturno, más noche que la noche,
mugen en la Amazonia palabras sin poema
absurda colección de plagas.
Donde la selva comienza, ¿el Brasil acaba?
2
lo que es dios y lo que es fiera
andaban sumados en un escalofrío
irradiación de la mañana visible
el aire la ferocidad del aire
caen del cielo antes de la lluvia
ese inarticulado grito
parece la voz de la luz.
3
Siquiera un poblado de moscas.
Una rasgadura, en lo desvastado, para residir.
A los lados y por detrás, todavía selva. Adelante
al frente, en la otra margen del río. Un pesar en los
ojos y
más allá del sonido.
En el principio del mundo, la madera atroz. Silencio
de la mañana naciendo en los árboles.
Veinte casas sin terminar, barracones de tablas, un
embarcadero de nada, y los sueños pasan. Se abrían
cocinas de grasa, huesos, límites, instante
veloz, irreparable.
Sobre el río el color balanceaba todavía los caminos
de la luz. Y la luz en viento de clorofila y ramas derrumbadas
árboles sin embargo verdes, vivos
todavía, todavía, y sólo tienes un instante.
Sólo la rapidez en el campamento, contra la selva
y el río.
4
Los verbos arden.
Brazos arriban.
No nombres, no rostros.
No de ninguna apariencia, como cemento
y ladrillos, llegaban un pueblo de morenos y peces de seda,
la fruta-pupunha, el barniz de las tortugas como niños.
Y la larga, larga exposición de las cosas del sudor,
del calor y del apetito. Un instante para el ruido y el brillo.
Verde arder y consumirse.
(Nosotros nos alimentamos de lo que muere)
Hueso y envoltura, máscara y movimiento,
trabajar entre humo y estridencias, mundo verdeado
crujiendo en la alfombra, oficina de barullos y mercenaria
de clavos cantantes.
(Evoco
el día trabajar, no
una
palabra separada de la vida)
5
La tierra
verdesusia
en la luz
limpísima
de aquellos días
en aquellos días.
La verdeluz
la luz que brillaba en la luz, poder imponderable.
Lo que veo: no lo veré más. Islas sin mí.
Y nada permanece mucho, el fulgor
en los ríos de claridad, en el archipiélago de
los lagos,
tucanes brillando en las cimas, en las cimas del día,
castaños, la jaquirana-bóia, mungubas, samaúmas.
Rozar de alas
colorados estandartes en bandadas de vuelos se levantaban.
No. No asesinar la luz. No me digan
la muerte próxima de la orquídea y el ratón
silvestre, aldeas
de niños. Abren, rasgan, revientan la tierra
para hacer perecer las selvas
bajo las primeras, primeras carreteras.
Los hombres no buscan la luz. Quieren
apenas bauxita bauxita bauxita –y aluminio. El Gobierno
quiere aluminio hierro cobre estaño plomo
níquel. Aquí, hasta aquí, el horror veo
tejer diademas
de injurias, mi salario.
6
Era verde
y otros colores (quemados) se acrecentaron.
Transitamos en la opinión ilusoria.
Acampados en el provisorio, siempre, señales
imprestables y un tiempo sin respuesta, un tiempo
en que se viaja sin equipaje. Hacia atrás, se pudren,
cadáveres.
Verde moverse
en el gran irse de todo, en el fruto
de las casas de tablas, en los galpones de sucios
instrumentos, núcleos dispersos de pueblo, en los poblados
perdidos. En el vasto país que se descubre en barcos
de casco grueso y marcha lenta.
En el tiempo. En el tiempo lo revelarás.
En el tiempo en que casi todo es tarde.
En el tiempo, en ese paisaje más allá
del paisaje,
cuando la imagen del tiempo pase
significados para las aguas, hierba pisada
alrededor
de las casas.
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