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Poemas
Edel Morales
Yo también tuve
un silencio
No estoy escondiendo nada.
Sólo dije, calmado y para todos:
No creo en los murmuradores.
Van y vuelven por el largo pasillo.
Van y vuelven, pero no adelantan un paso.
Yo también tuve un silencio.
Cada amanecer en el mundo un vacío alimentándose,
una puerta pálida como el frío de
los ciegos.
Yo también tuve un silencio:
era estrecho y apretaba
como la tos de los irremediables enfermos.
Pero ya rompe el círculo para hacerse voz.
Que nadie diga luego:
No lo imaginaba.
Cada hombre tiene su palabra
Cada palabra tiene su sentido.
Que nadie guiñe luego el ojo en los conciertos.
Sólo creo en el ronco grito de las marímbulas
que con la tierra rugen.
Cuando seas alguien
I
No espero mi nombre en las encuestas,
camino hacia otro resplandor.
Escucho voces que murmuran:
Cuando seas alguien podrás decir,
ya soy alguien, amarás decir,
si quieres ser alguien no debes decir.
Como si esa proposición de barnizado yugo
pudiera convencernos.
Modelar,
y luego pájaros tristes preguntan por nosotros.
No. Hace ya varias guerras elegimos
la estrella, el pecho abierto, la mano siempre
lista.
No vamos a ser otros, seguimos siendo fieles,
al fin y al cabo el tiempo es nuestro
y nuestra es la tierra.
Cruzan las piernas y mirando al mar murmuran:
Cuando todo se confunde
es fácil ascender barajando bien las cartas,
basta saber moverse en la marea
como hace la blandísima arena que jamás
traspasa el veril.
Y con esa letanía trataban de cegarnos.
II
Para no caer como una mosca en la tela
juega tu vida en las corrientes
y al margen, con rabia y dolor, con toda el alma,
con hambre y miedo y paz
siempre puedes gritar, y decir:
Soy alguien,
y no espero mi nombre en las encuestas.
Camino hasta las primeras luces,
enciendo alguna lámpara porque soy cualquiera
y a todos nos importa,
el halo del rocío en las flores abiertas.
Murmuren y barajen esas cartas marcadas
los que nunca dieron su mano.
De tanto no ser nadie y no cambiar un rostro
que irremediablemente arde,
tenemos en la mirada el tiempo:
una estrella que abrasa para siempre
a los murmuradores.
Vivo
Un
corazón
no puede terminar
como una panetela
almibarado
desmembrable
entre los dientes del mundo.
El hombre prevalecerá
sobre todas las angustias,
dice William Faulkner
Sobre la angustia de un amanecer
donde
no estás.
Sobre el blanquísimo sol
y
la dolorosa penumbra cuando llueve.
Sobre la angustia de los cómplices
traidores.
Sobre el golpe de las gotas
en
el fondo.
Sobre la angustia del lazo
y
las correas.
Sobre el más lento redoblar
de
las campanas.
Sobre la angustia de los cielos
perdidos.
Sobre vicios y bondades y
desesperanza
y melodías.
Sobre colmos y mañanas
el
hombre será más que silencio.
Sobre la angustia de su propio miedo
prevalecerá.
MÁRGENES
Jamás, hombres
humanos,
hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa,
en la cartera,
en el vaso, en la carnicería, en la
aritmética!
Jamás tanto cariño doloroso,
jamás tan cerca arremetió lo
lejos,
jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto!
César Vallejo
Viendo los autos pasar
hacia Occidente
En las pequeñas ciudades
del centro de Cuba
las calles, habitualmente bulliciosas y dulces,
se quedan vacías en los meses de invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Los estudiantes se han marchado a descubrir el
mundo
y una paz, una extraña y larga ausencia,
llega hasta las paredes y penetra al interior
de los edificios.
Los clubes, las casas de cultura, los campos deportivos,
semejan un set, cuidadosamente preparado,
que espera el regreso de los actores para continuar
la
filmación.
En las pequeñas ciudades del centro de
Cuba
todo es ausencia y espera en los meses de invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Noches de febrero en la esquina vacía de
Libertad y Paseo,
viendo los autos pasar hacia Occidente.
Como quien ve a una muchacha de piel muy limpia
y cabellos negros
pasar gustosa hacia otro hombre.
Ciudad de todos los domingos
Querría quedarme en esta
ciudad:
su manera de reír me gusta ciertamente.
Una eternidad cruza hacia los bailes,
deja en mi mano un vaso de cerveza,
unas músicas duras, y las puertas de la
casa,
abiertas, con héroes y borrachos palabreando,
friendo carne, brindándose la vida
alrededor del fuego.
¿Quién hizo más por el país?
Escucho esa pregunta desde mi ventana de pasajero
y siento lo efímero de las verdades eternas.
Yo querría quedarme en esta ciudad
que grita en el tiempo pálido,
mientras cruza jugando hacia los bailes.
El calibre de las armas
Detrás de los cristales
palidece la memoria de otro tiempo,
los objetos más simples de una época
que la historia quiso elegir,
la crudeza y la claridad
que hacen a las cosas eternas.
Voy por los museos
tras la huella de un pasado
que da sentido a esta hora,
busco en mi vida
el destello inconfundible
que anuncie el momento del cambio,
la cegadora luz de entonces
(los bailes de fin de año,
el lenguaje de una adolescente
—su rostro de cabellos cortos
en el interior del papel—
el calibre de las armas,
las palabras del Maestro a la emigración,
la multitud manifiestamente inmóvil
sobre la tierra húmeda)
Las galerías están desiertas
y en el patio de losas
siento venir los meses de invierno.
Respiro el aire en que convergen
los tiempos de la isla,
busco un momento en mi vida:
el destello inconfundible que anuncie
el principio del cambio.
La crudeza y la claridad
que dan a las cosas comunes
el fuego de lo eterno.
Lejos de la corriente
El humo siempre irá a desvanecerse,
pero nosotros...
giramos cerca del campanario
con la dicha de mirar un poco más lejos.
Lástima no ser fuerte ni preciso
para abrir de golpe el ojo:
sé que vería el paso de los navegantes
dieciocho metros sobre la antigua realidad.
Pero no tenemos ancho ni lugar,
no escogimos las armas.
Ella posa húmeda en los muros,
cuenta que me siguió en la brújula
del astro
sólo por el vino de esta noche.
Luego podrá decir que nunca estuvo,
pero no es el viento
quien alumbra el faro y pide:
tú que cruzas el mar enmudecido,
encalla en mi desnudez más intima.
Ella en la penumbra mantendrá ese tacto
en que exijo y me suicido,
y únicamente somos
la terca ilusión de nadar fieles en un
lejano paraje
y volver, con la astucia de los sinceros,
a mi casa, a mi perro, a mi día de soñar.
El humo siempre irá a desvanecerse,
pero nosotros...
Dieciocho metros no es el borde más terrible
ahora que la sirena dicta su canción al
náufrago.
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