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El mar desde la orilla
[narrativa]
Alicia Migdal
Una mujer lo estaba esperando en la ciudad.
El hombre daba vueltas, durante muchos días, cerca de la
plaza donde estaba el apartamento que quería alquilar para
los dos. Rodeado de edificios opulentos, el apartamento estaba
apretado entre dos casonas, tenía ventanas en ochava y
una fachada art-déco poco visible. Desde él se podrían
ver los plátanos de la plaza rodeando la fuente, y más
atrás todavía los barcos en el muelle y esa sensación
de fin o principio de las cosas que tienen los puertos en las
ciudades. El hombre recorría la plaza, armaba itinerarios
e imaginaba la vida cotidiana que lo esperaba con la mujer. Le
parecía que había una relación misteriosa
pero indudable en vivir con esa mujer en un apartamento antiguo
al que había que llegar dejando atrás toda la ciudad,
traspasando una arcada, ingresando en una península, o
bajando de un barco en el puerto cercano.
La mujer que lo estaba esperando era un impedimento para que él
se acercara a otras. Por ejemplo a una actriz que ensayaba una
obra de Chéjov y se paseaba por un jardín con una
sombrilla de encaje diciendo un roble verde sobre el tajamar,
una cadena de oro sobre el roble. El jardín estaba
en otra península de la ciudad, y desde una se podía
ver la otra y el perímetro sinuoso del mar. El jardín
rodeaba una casona ubicada en una punta de la ciudad, con el mar
y el viento enfrente. Entre una y otra península había
más mujeres, que establecían la línea de
recorrido del hombre. A él le gustaba pensar que la ciudad
era inmensa y que había elegido sólo una parte de
ella para vivir, aunque también le había gustado,
viviendo en ciudades grandes, hacerlo como si fueran muy chicas,
barrios apenas por los que se desplazaba y más allá
todo era otro país y otro idioma.
El hombre postergaba el encuentro con la mujer que lo estaba esperando,
y lo hacía con una especie de delectación y de vacío.
Era el movimiento interno de pensar en ella lo que más
le gustaba. Al mismo tiempo comprobaba, con curiosidad, que las
mujeres que contemplaba mientras esperaba a la mujer que lo estaba
esperando parecían necesitar siempre más realidad.
De manera inesperada para él, y mientras observaba los
movimientos de la actriz y el brillo del encaje de la sombrilla
bajo el sol, ella le dijo un día que no volviera más
a los ensayos, ni por el jardín ni por su vida. El hombre
pensó que era una broma o una glosa del texto, pero ella
parecía muy decidida a no seguir siendo contemplada. Mientras
la escuchaba, el hombre se distrajo involuntariamente observando
el efecto del sol sobre el pelo a través del encaje de
la sombrilla, que se mantenía en alto e iba y venía,
moviéndose con voluntad propia. Asombrado por la decisión
de la actriz, el hombre dejó el jardín y caminó
sin saber hacia dónde, guiado por la línea fija
de la rambla. Se dijo entonces que no debía postergar la
decisión de alquilar el apartamento de la plaza y llevarse
a la mujer que lo esperaba a vivir con él. Pero esperarla
y mantenerla asida a su cabeza mientras caminaba solo por las
calles era algo tan real y tan hermoso que reemplazarlo por ella
misma le parecía una traición a un amor tan detallado.
Mientras tanto, la actriz se sentaba en uno de los bancos del
jardín y respiraba para poder entender lo que había
hecho. Fue así que se dio cuenta que el amor es sólo
una función del odio futuro. Todavía con la letra
de la obra en la memoria, atinó sin embargo a darse cuenta
que una realidad sólo suya se había hecho un lugar.
El amor era testigo del odio por venir. Miró esa idea y
pensó, rápida y desesperadamente, que era mejor
así, mejor parar, no preparar ningún recuerdo, dejar
atrás el beso y la palabra, el inaudito momento en que
creía que se podía hablar, la confusión de
las bocas que hacen creer que hasta es posible hablar. Todo por
un beso y su esperanza explosiva. Pensó que era mejor así,
haber detenido el movimiento de preparar una o dos imágenes
y de guardarlas en la cabeza para conducirlas a su renegación,
pensó lo que ya sabía, que el hombre es diferente
a eso que ella ve pero que también es verdad lo que ella
ve, sólo que es diferente, y la diferencia es la clave,
el malentendido y la futura desdicha del pensamiento, de la sensación, que es una construcción de ella pero con materiales de
él, ella los combina, los aísla, todos así
combinados podrían ser él y de hecho lo son por
un tiempo, el tiempo de la construcción de ella, y él,
que se deja construir mientras la contempla.
Cuando terminó de respirar se sintió de acuerdo
con sus pensamientos y con su determinación de darle la
espalda. Sintió tranquilidad, la cabeza vacante, el dominio
de no tener nada para recordar. Sonrió ante la evidencia
de que los nombres propios del amor se descomponen en otros, sucesivamente,
y que ella acababa de interrumpir la descomposición y la
sucesión. Recordó con alivio que ahora sí
podía olvidar un sueño angustiante, en que el hombre
le decía con displicencia que nada había sido como
ella creía, que lo existido no era, no estaba, y que todo
se iba yendo a medida que el hombre hablaba y en el sueño
cambiaba, con las palabras, lo existido. Sintió la boca
sola, peligrosa, y manchándose las mangas de encaje con
el jugo de la naranja que buscó en su mochila, chupó
el líquido, y la boca morocha le ardió, raspada
con grosería por la ansiedad de la cáscara. Mientras
comía en la tarde calurosa, se abanicó con un folleto
que habían tirado en el jardín. Promocionaban herramientas
de carpintería. Se entretuvo leyendo denominaciones ignoradas
de cosas que nunca iba a usar: sunchos de metal, maza de goma,
cepillo metálico convexo, sierra caladora, esmeriladora,
sierra de inglete.
El hombre, caminando medio aturdido por la rambla, recordó
que cuando vivía en ciudades atravesadas por un río
siempre pensaba, monótonamente, que sólo hay dos
posibilidades cuando se sale de un apartamento y se traspasa el
portón y se queda enfrentando el río. Ir hacia la
izquierda, ir hacia la derecha. Ninguna posibilidad de pasar automáticamente
a la otra orilla, como quien cruza la calle. Ninguna, tampoco,
de las que supone vivir en una esquina. Salir del portón,
que se abre con lentitud y después se cierra de golpe,
mirar el río y los puentes a cada lado y elegir entre esas
dos direcciones, que se repetirían simétricamente
si se situara en otra calle paralela, frente a la que también
hay un río después de un portón demasiado
pesado. Caminando paralelo a la costa, el hombre tomó hacia
el este, como deseando llegar al puertito que es como un riñón
de la bahía, y hasta paseó un rato, bien recto,
por la rambla sin playa. Pero cambió de idea sin preguntarse
por qué, y mirando para el lado de la rambla sur empezó
a caminar hacia ese costado. Así pudo reflexionar un poco
sobre la importancia de irse a veces de la casa, en soliloquio,
preferentemente con un paraguas porque Montevideo es imprevisible;
irse, es decir salir por un rato, sentarse en un café una
vez más y dejar que pase el tiempo. Así, en ese
breve lapso, varias cosas se acomodarán en la casa y en
la cabeza. Se podrá percibir desde qué lado iniciar
el arreglo del desorden natural, los alimentos que faltan, el
vidrio que hay que cambiar. Se verá mejor la estructura
interna de la casa, su temporal desorden, las posibilidades de
corrección y continuidad. También el cuerpo se reiniciará
al irse, aunque desde el café, y sobre todo cuando se lo
piensa caminando cerca del mar, se deseará estar bajo el
lucernario de su cuarto, exactamente en ese lugar. Pero mientras
se toma un café no puede pasar nada, ese es un pacto instantáneo
que ha forjado a lo largo de la vida con sus momentos de confusión:
mientras se está tomando un café no hay nada más
que eso, y en un ómnibus, en un auto manejado por otro,
en un viaje en tren, no puede pasar nada tampoco. Toma entonces
lo que tiene, un ómnibus inesperado que se le ha puesto
por delante, y mirando el mar que marcha paralelo el hombre interrumpe
por un lapso incalculable el amor cuidadoso que lo está
esperando, ahora que la actriz que chupa una naranja –que él
no ve– ha sintetizado la realidad, el reemplazo y la traición.
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