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spacer sumario staff libros archivo enlaces malabia blog correo servicios Año 3 | febrero 2007
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:: Malabia :: arte, cultura y sociedad | Barcelona, Montevideo, La Plata

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El mar desde la orilla
[narrativa]


Alicia Migdal

 

imgUna mujer lo estaba esperando en la ciudad. El hombre daba vueltas, durante muchos días, cerca de la plaza donde estaba el apartamento que quería alquilar para los dos. Rodeado de edificios opulentos, el apartamento estaba apretado entre dos casonas, tenía ventanas en ochava y una fachada art-déco poco visible. Desde él se podrían ver los plátanos de la plaza rodeando la fuente, y más atrás todavía los barcos en el muelle y esa sensación de fin o principio de las cosas que tienen los puertos en las ciudades. El hombre recorría la plaza, armaba itinerarios e imaginaba la vida cotidiana que lo esperaba con la mujer. Le parecía que había una relación misteriosa pero indudable en vivir con esa mujer en un apartamento antiguo al que había que llegar dejando atrás toda la ciudad, traspasando una arcada, ingresando en una península, o bajando de un barco en el puerto cercano.
La mujer que lo estaba esperando era un impedimento para que él se acercara a otras. Por ejemplo a una actriz que ensayaba una obra de Chéjov y se paseaba por un jardín con una sombrilla de encaje diciendo “un roble verde sobre el tajamar, una cadena de oro sobre el roble”. El jardín estaba en otra península de la ciudad, y desde una se podía ver la otra y el perímetro sinuoso del mar. El jardín rodeaba una casona ubicada en una punta de la ciudad, con el mar y el viento enfrente. Entre una y otra península había más mujeres, que establecían la línea de recorrido del hombre. A él le gustaba pensar que la ciudad era inmensa y que había elegido sólo una parte de ella para vivir, aunque también le había gustado, viviendo en ciudades grandes, hacerlo como si fueran muy chicas, barrios apenas por los que se desplazaba y más allá todo era otro país y otro idioma.
El hombre postergaba el encuentro con la mujer que lo estaba esperando, y lo hacía con una especie de delectación y de vacío. Era el movimiento interno de pensar en ella lo que más le gustaba. Al mismo tiempo comprobaba, con curiosidad, que las mujeres que contemplaba mientras esperaba a la mujer que lo estaba esperando parecían necesitar siempre más realidad. De manera inesperada para él, y mientras observaba los movimientos de la actriz y el brillo del encaje de la sombrilla bajo el sol, ella le dijo un día que no volviera más a los ensayos, ni por el jardín ni por su vida. El hombre pensó que era una broma o una glosa del texto, pero ella parecía muy decidida a no seguir siendo contemplada. Mientras la escuchaba, el hombre se distrajo involuntariamente observando el efecto del sol sobre el pelo a través del encaje de la sombrilla, que se mantenía en alto e iba y venía, moviéndose con voluntad propia. Asombrado por la decisión de la actriz, el hombre dejó el jardín y caminó sin saber hacia dónde, guiado por la línea fija de la rambla. Se dijo entonces que no debía postergar la decisión de alquilar el apartamento de la plaza y llevarse a la mujer que lo esperaba a vivir con él. Pero esperarla y mantenerla asida a su cabeza mientras caminaba solo por las calles era algo tan real y tan hermoso que reemplazarlo por ella misma le parecía una traición a un amor tan detallado.
imgMientras tanto, la actriz se sentaba en uno de los bancos del jardín y respiraba para poder entender lo que había hecho. Fue así que se dio cuenta que el amor es sólo una función del odio futuro. Todavía con la letra de la obra en la memoria, atinó sin embargo a darse cuenta que una realidad sólo suya se había hecho un lugar. El amor era testigo del odio por venir. Miró esa idea y pensó, rápida y desesperadamente, que era mejor así, mejor parar, no preparar ningún recuerdo, dejar atrás el beso y la palabra, el inaudito momento en que creía que se podía hablar, la confusión de las bocas que hacen creer que hasta es posible hablar. Todo por un beso y su esperanza explosiva. Pensó que era mejor así, haber detenido el movimiento de preparar una o dos imágenes y de guardarlas en la cabeza para conducirlas a su renegación, pensó lo que ya sabía, que el hombre es diferente a eso que ella ve pero que también es verdad lo que ella ve, sólo que es diferente, y la diferencia es la clave, el malentendido y la futura desdicha del pensamiento, de la sensación, que es una construcción de ella pero con materiales de él, ella los combina, los aísla, todos así combinados podrían ser él y de hecho lo son por un tiempo, el tiempo de la construcción de ella, y él, que se deja construir mientras la contempla.
Cuando terminó de respirar se sintió de acuerdo con sus pensamientos y con su determinación de darle la espalda. Sintió tranquilidad, la cabeza vacante, el dominio de no tener nada para recordar. Sonrió ante la evidencia de que los nombres propios del amor se descomponen en otros, sucesivamente, y que ella acababa de interrumpir la descomposición y la sucesión. Recordó con alivio que ahora sí podía olvidar un sueño angustiante, en que el hombre le decía con displicencia que nada había sido como ella creía, que lo existido no era, no estaba, y que todo se iba yendo a medida que el hombre hablaba y en el sueño cambiaba, con las palabras, lo existido. Sintió la boca sola, peligrosa, y manchándose las mangas de encaje con el jugo de la naranja que buscó en su mochila, chupó el líquido, y la boca morocha le ardió, raspada con grosería por la ansiedad de la cáscara. Mientras comía en la tarde calurosa, se abanicó con un folleto que habían tirado en el jardín. Promocionaban herramientas de carpintería. Se entretuvo leyendo denominaciones ignoradas de cosas que nunca iba a usar: sunchos de metal, maza de goma, cepillo metálico convexo, sierra caladora, esmeriladora, sierra de inglete.img
El hombre, caminando medio aturdido por la rambla, recordó que cuando vivía en ciudades atravesadas por un río siempre pensaba, monótonamente, que sólo hay dos posibilidades cuando se sale de un apartamento y se traspasa el portón y se queda enfrentando el río. Ir hacia la izquierda, ir hacia la derecha. Ninguna posibilidad de pasar automáticamente a la otra orilla, como quien cruza la calle. Ninguna, tampoco, de las que supone vivir en una esquina. Salir del portón, que se abre con lentitud y después se cierra de golpe, mirar el río y los puentes a cada lado y elegir entre esas dos direcciones, que se repetirían simétricamente si se situara en otra calle paralela, frente a la que también hay un río después de un portón demasiado pesado. Caminando paralelo a la costa, el hombre tomó hacia el este, como deseando llegar al puertito que es como un riñón de la bahía, y hasta paseó un rato, bien recto, por la rambla sin playa. Pero cambió de idea sin preguntarse por qué, y mirando para el lado de la rambla sur empezó a caminar hacia ese costado. Así pudo reflexionar un poco sobre la importancia de irse a veces de la casa, en soliloquio, preferentemente con un paraguas porque Montevideo es imprevisible; irse, es decir salir por un rato, sentarse en un café una vez más y dejar que pase el tiempo. Así, en ese breve lapso, varias cosas se acomodarán en la casa y en la cabeza. Se podrá percibir desde qué lado iniciar el arreglo del desorden natural, los alimentos que faltan, el vidrio que hay que cambiar. Se verá mejor la estructura interna de la casa, su temporal desorden, las posibilidades de corrección y continuidad. También el cuerpo se reiniciará al irse, aunque desde el café, y sobre todo cuando se lo piensa caminando cerca del mar, se deseará estar bajo el lucernario de su cuarto, exactamente en ese lugar. Pero mientras se toma un café no puede pasar nada, ese es un pacto instantáneo que ha forjado a lo largo de la vida con sus momentos de confusión: mientras se está tomando un café no hay nada más que eso, y en un ómnibus, en un auto manejado por otro, en un viaje en tren, no puede pasar nada tampoco. Toma entonces lo que tiene, un ómnibus inesperado que se le ha puesto por delante, y mirando el mar que marcha paralelo el hombre interrumpe por un lapso incalculable el amor cuidadoso que lo está esperando, ahora que la actriz que chupa una naranja –que él no ve– ha sintetizado la realidad, el reemplazo y la traición.

 

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