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spacer sumario staff libros archivo enlaces malabia blog correo servicios Año 3 | febrero 2007
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Palabras ante un Premio
[semblanzas]


Roberto Fernández Retamar

Leídas el 10 de febrero de 1990, en el otorgamiento del Premio Nacional de Literatura correspondiente a 1989

imgA finales de 1893 el poeta Julián del Casal, quien no había cumplido aún treinta años, falleció en La Habana. Medio siglo después, en una de las destartaladas y hermosas casonas que albergaban al Instituto de La Víbora, un angustiado muchachito de trece años abrió uno de los libros de texto del Bachillerato, que entonces cursaba, y leyó unos cuantos “versos tristes y joyantes” (como los llamó Martí) de Casal. He contado en otras ocasiones lo que aquella lectura significó para el temprano adolescente que sobrevive ahora, como puede, en el hombre maduro que les habla. Gracias a esos versos entró en mi alma, como un rayo de luz oscura y perdurable, la poesía.
Considero un elemental deber, hoy que recibo el alto honor del Premio Nacional de Literatura de mi país, comenzar estas palabras rindiendo homenaje a aquel poeta primero de mi vida, aquel en quien antes que en nadie ví, maravillado, cómo el dolor podía engendrar belleza, cómo hay criaturas que establecen misteriosas relaciones entre las experiencias y las palabras, y convierten a estas últimas en nuevas experiencias. Otros muchos poetas vendrían luego a conmoverme, pero a aquel joven debo el descubrimiento de la poesía, y ante su memoria me inclino reverente. Él desapareció con más del doble de la edad que yo tenía entonces, cuando lo leí afiebradamente, y era pues lógico que lo considerara un hermano mayor. Lo curioso es que hoy, cuando soy yo quien va a doblarle la edad que él tenía al morir, lo siga considerando así. Mucho ha cambiado en mi vida, en mi poesía. Pero en lo más profundo de mí – más allá de coyunturas, escuelas, tendencias, modas que el tiempo acaba pulverizando- sigue vivo el impacto de aquel poeta, de aquel descubrimiento.
Sin embargo, el haber pasado de la lectura absorta a la escritura no lo debo, o no lo debo sólo, a Casal. Lo debo sobre todo a otro joven, a quien también quiero (debo) rendir homenaje. Fue el primer poeta de carne y hueso que conocí. Se llamaba José Antonio García López, y era nieto de Amelia Martí. Asombraba su parecido con el Maestro, cuya huella en todo genuino escritor cubano es innecesario subrayar. Con García, a los que tuvimos el privilegio de estar en torno suyo, se nos dio la excepcional ocasión de saber cómo había sido en la intimidad Martí adolescente. Maño, como lo llamábamos, no sólo hizo versos: fue en primer lugar una figura moral, que ejercía sobre nosotros un señorío tan fraterno como entrañable. La mucha pobreza lo llevó a vivir en la miseria, a padecer hambre, a realizar trabajos durísimos, lo que al cabo ocasionó su desaparición en la flor de la vida. Al morir, él tenía dieciocho años, y yo dieciséis. No llegó a ver editado ni un solo verso suyo: sus poemas sólo viven en mi recuerdo y en el de escasísimas amistades. Pero es para mí el poeta más importante que he conocido. Hoy le reitero mi agradecimiento y mi invariable admiración. Era él quien debía estar esta noche diciendo estas palabras. En su nombre las digo.
Aunque yo había publicado ya algunas páginas en prosa y verso, mi primer cuaderno poético vio la luz hace ahora cuatro décadas: se trata de Elegía como un himno (A Rubén Martínez Villena). Al año siguiente, en 1951, José Lezama Lima, nuestro fabuloso, fastuoso imaginero, me publicó los primeros poemas míos que aparecerían en Orígenes. Allí, en el inolvidable grupo formado en toro a la revista inolvidable, se me dio y tomé, para decirlo en lenguaje taurino, mi alternativa literaria.
Otra alternativa me daría la historia: la que alumbró en nuestra patria en 1959, verdadero nuevo nacimiento para quienes llegamos ya adultos a esa fecha, cuyas repercusiones no han dejado de hacerse sentir. Para entonces, con veintiocho años, varios libros publicados y varios viajes hechos, yo era ya un escritor. Pero los dramáticos acontecimientos que viviríamos, los desafíos y revelaciones que iban a hacerse nuestro aire cotidiano, entraron de modo natural en mi faena y la estremecieron y alimentaron hondamente. Hoy, a cuarenta años de mi elegía a Martínez Villena, puedo decir que he querido ser fiel, en la medida de mis fuerzas, al compromiso de vida y poesía asumido entonces, y ratificado en el poema “El otro” el primero de enero de 1959.
imgHe hablado varias veces de mi poesía, y en apariencia nada de mi ensayo. Permítaseme repetir (esta no es ocasión para originalidades) que también cuando escribo ensayos me considero poeta, aunque no ignore las diferencias entre ambas realidades literarias, diferencias que a ratos las distancian mucho. Sé, por otra parte, que esto no es así en todos los casos: hablo ahora sólo de mi trabajo. Y en verdad, creo que he hablado demasiado de él, lo que no me complace. Pero al parecer era inevitable hacerlo hoy. Además he dicho mi gratitud en relación con algunos casos aurorales. Y muchos más casos hubiera querido mencionar, muchos más nombres evocar, sin los cuales no concibo lo que he escrito. Qué no diría de los clásicos de muchas literaturas, y de Whitman y Darío, de Rilke, Eliot, Perse, de varios surrealistas y Brecha, de Machado, Gabriela y Federico, de Neruda, Vallejo y Reyes, de Borges y Martínez Estrada, y de tantos y tantas más: y siempre de Martí, desde luego. Pues si mi escritura ha estado desde el comienzo imbricada con mi vida, esta última, a su vez me es inimaginable sin experiencias culturales de muy variada índole, en mi país y en otros países
Estas palabras estarían incompletas si no expresara también en este acto mi agradecimiento a aquellas instituciones cubanas (entre las cuales, por supuesto, no estuvo mi Casa de las Américas) que en gesto tan lleno de generosidad como de desvarío propusieron mi nombre para el premio que hoy recibo; a los fantasiosos miembros del jurado que tomaron en serio esa proposición, y a Nelson Herrera Ysla,  quien habrá leído aquí páginas que aún no conozco al escribir estas palabras, pero que siendo suyas serán de seguro penetrantes y bondadosas. Sé que de haberse otorgado el premio a otros compañeros o compañeras, mi alegría no habría sido menor: y eso es también un premio para mi corazón. Me consta que lo mismo les sucede hoy a ellos/ellas, varios/varias de los/las cuales sin duda recibirán también la distinción.
Empecé hablando sobre un adolescente, y quiero concluir hablando de nuevo sobre él. Sólo que es otro. No fue un adolescente hace cuarenta años: lo es ahora. Ha abierto esta tarde un libro o una revista, y ha sido tocado por el rayo que decidirá su vida, Ese rayo ¿Eran unos versos de Tallet, de Martínez Villena, de Dulce María, de Nicolás, de Ballagas, de Florit, de Lezama, de Samuel, de Eliseo, de Cintio, de Fina, de Fayad, de Carilda, de Pablo Armando, de Miguel, de Nancy, de Wichy? ¿Eran (válgame Dios) unos versos míos: por ejemplo, los de “Felices los normales”? ¿O ha encontrado esta noche, en una caminata por su barrio, a un muchacho huraño y deslumbrante que guarda en el bolsillo sus primeros, raros versos, y ha sido movido a emular con él? Ese adolescente no está esta noche entre nosotros, “las personas mayores” del desgarrador poema vallejiano. Si al salir lo viéramos cruzar el parque, no podríamos reconocerlo. Y sin embargo, él (o ella) lleva en sí lo mejor de nosotros. Váyanle aquí mi esperanza, mi cariño, mi voluntad de comprensión, ahora que, siendo nada más y nada menos que el porvenir, es tan frágil y tan fuerte.

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