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spacer sumario staff libros archivo enlaces malabia blog correo servicios Año 3 | febrero 2007
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Los pecados capitales
[narrativa]


Álvaro Ojeda


SOBERBIA - IRA

El héroe va a caballo y se llama José Artigas. El año es el de 1815. Su estado es de gloria terrena.
imgLa historiadora Ana Ribeiro en su libro El caudillo y el dictador, cita una carta del héroe después del triunfo sobre los porteños en la batalla de Guayabos y agrega que éste se “reveló siempre como un buen cronista de los hechos”. El tono de la misiva es fabuloso.
“Mi Victoria, Victoria, Victoria sobre los de Buenos Aires es a favor de los Orientales. El enemigo se nos aproximó en número de 800 hombres y fueron completamente derrotados en la Isla del arroyo de los Guayabos, hasta el Cerro del Arbolito. No se ven más que hombres muertos por los caminos de su retirada, que fue una desordenada fuga. Entre los nuestros hubieron algunos heridos y pocos muertos, quedando en nuestro poder todo el armamento, una pieza de artillería y todas las municiones, carruajes, caballadas y un sinnúmero de prisioneros. Puede ser que ahora Buenos Aires vea su desengaño”.
Artigas siempre va a caballo. Es su sino. El caballo abreva en el Hervidero, el caballo ruge en plena batalla de Las Piedras, el caballo, como el héroe y con él, avanza, siempre. La batalla aludida, la de Guayabos, supone un general porteño vencido y una simetría de cabeza gacha en proporción directa con el orgullo – según Artigas, para los orientales- que la victoria victoria victoria, produce.
Los muertos son un accesorio, porque indican la magnitud, nunca la tragedia. Por otra parte, ocupan en la carta casi el mismo espacio que un cañón o una caballada capturada al enemigo.
Es que el héroe padece de ceguera, ésa es su condición esencial. Aristóteles se refiere a este asunto diciendo que la vida del héroe es un cambio de destino que va de la felicidad a la desdicha, y para suavizar las cosas agrega que tal cambio, no indica depravación alguna porque ha sido consecuencia de la até una fuerza ciega y sobrehumana que se apodera del héroe y lo hace confundir el blanco y fallar.
Puede decirse que Artigas no parece muy confundido. Su blanco es esa enconada disputa con Buenos Aires, enconada y relativamente reciente, aunque leyendo la carta con cuidado observaremos que la victoria personal es la gran cuestión a ventilar y que lo otro, la sangre derramada, realza el júbilo del héroe.
Mal que nos pese es así, el héroe está ciego o mejor dicho enceguecido.
Dice Richard Dodds sobre el héroe: “Até es un estado de la mente, un nublamiento o perplejidad momentánea de la conciencia normal. Es en realidad una locura parcial pasajera; y como toda locura, se atribuye no a causas fisiológicas o psicológicas sino a un agente externo y demoníaco.”
Veamos quién era esta Até. Los griegos del período arcaico (500 años a.C.) la personificaron como divinidad menor. Poseía un mal hábito: se posaba en la cabeza de sus víctimas y las hacía conducirse de una manera irracional y extraviada. Zeus mismo, engañado por Até, se enfurece y la expulsa del Olimpo con tal fuerza que Até cae en la llanura de Ilo donde con el tiempo se fundará la ciudad de Ilión, es decir Troya. Esto es lo que se llama un mal comienzo.
Volvamos a Don José. Artigas parece sitiado muy a menudo por Até, bebiendo en su fuente. Cuenta Ramón de Cáceres, memorialista y soldado de Artigas.
“Ni todos los jefes de Artigas eran como Otorgués o Encarnación; tenía a Latorre, a Aguiar, a Don Frutos, a tejera, a Mondragón, a Baltazar Ojeda, a Hilario Pintos, y a otros muchos hombres de orden, enemigos de los ladrones y que no toleraban el menor desacato en el vecindario. Quizás Artigas ignoraba muchas cosas de las que hicieron los primeros y tal vez los toleraba por necesidad, pues precisaba de hombres que le habían dado tantas pruebas de adhesión y que tenían algún partido entre el gauchaje del país. Muchas veces lo oí lamentarse de que pocos hijos de familia distinguidas del país, quisiesen militar bajos sus órdenes(...)
En fin, Artigas era hombre de bien, patriota y desinteresado, era hombre muy humano y si no constituyó el país fue porque no tuvo tiempo(...)
También Aquiles era el mejor de todos, el de mejor areté, el más valiente y por eso el más colérico, debe decirse en la defensa de su areté, ese conjunto probado de cualidades que desaparecen en el momento de no ser reconocidas y de ser reclamadas con cólera.
No sólo la misma letra inicial une al griego y al oriental.
Artigas es un reclamante nato que si bien (y para sorpresa de muchos) durante el Éxodo seguía siendo soldado fiel de Buenos Aires, no dudaba de ajustar puntualmente sus reclamos.
Dice Ana Ribeiro como corolario de la larga cita anterior que estaba lejos Artigas de ser el héroe consagrado por la historia nacional. En la pluma de Cáceres seguía siendo el caudillo Pepe Artigas y por eso sufriría accesos de cólera y de soberbia que, paradójicamente o por necesidad, la historiografía oficial mutará en virtudes principistas.
Cáceres identificará una Até, sin embargo, en el cura Monterroso, dirá explícitamente que era quien lo dirigía. Artigas es bueno con entorno desaconsejable. Aquiles está justificado por su grandeza, la diosa Atenea le sostiene la mano que el héroe lleva al pomo de su espada durante la discusión con Agamenón. Homero canta la flaqueza de Aquiles pero alienta una justificación que es también esencial a los héroes: el cambio trágico, el yerro histórico.
Rodolfo Mondolfo estudia y describe este estado de alteración. Posee seis partes: el poderío de la desgracia, la desgracia en sí misma, el crimen, sus principios, sus consecuencias y su castigo.
Someramente: la historiadora antes citada comienza su libro con el parte de la batalla del Catalán, propiciada por una falta de precauciones de un Artigas en el lejano norte, en lo que él llamaba el centro de sus recursos y que lo hizo confiarse como a un primerizo.
La desgracia en sí misma: Rivera aconsejando con furia el exterminio del hombre al que sirvió, acota la historiadora que la derrota no era un buen aglutinante de hombres, había que vencer si se quería fidelidad.
El crimen: Roa Bastos acude desde la cabeza de Francia, en su novela Yo, el supremo y recuerda que ir por su cabeza fue un acto de hybris artiguista, que se vio purgado con creces en el pedido de asilo al otrora despreciado gobernante paraguayo.
Más intrincado aparece el porqué, dice Jung: “El arquetipo del conflicto entre la luz y las tinieblas puede expresarse mediante el mito del héroe Sol que escapa del oscuro regazo de la Madre Tierra y en él vuelve a sumergirse al final de cada jornada o en el mito de la lucha con el dragón” Y de esas jornadas Artigas tuvo muchas.
Si pensamos nuevamente en las catalogaciones de Santo Tomás de Aquino la ira y la soberbia son en realidad predisposiciones para errores mayores porque alguien debe de explicar la ira de Dios y es una suposición difícil, si no nos remitimos al exceso, que lo que Dios realiza pueda ser deshonroso para los hombres.
Volviendo a nuestras pampas, Agustín de Vedia, analizando a los caudillos escribe una frase digna del tomismo: los caudillos no son causa, son consecuencia.
Analicemos la iconografía tradicional y comprobaremos la fineza de esta aseveración.

 

PEREZA

CARTA: UN PATO EN EL PARQUE

La prolongada luz agita el lago,
tiemblan las energías matinales,
oblicuamente se cuelga la aurora sobre el césped,
aquí no hay lagartija ni mortal serpiente,
sólo dos holgazanes: los patos, macho y hembra.
Yo vi resplandeciente la mañana,
Yo tuve el pan y el vino.
Deja que estos mortales y alados seres tomen
aquello que bien tienen merecido
y pellizquen el pan, también el dedo
mejor que si engulleran el gusano arrastrado;
pues sé, y así debieras saberlo,
que pronto, inquisitivo, invadirá el gusano
nuestra bien preservada complacencia.
Son las dos de la tarde en la última semana del verano. No hay a dónde ir. No hay horizonte o más allá que lo parezca. La chicharra canta en el árbol aserrando la tarde que promete una urna de calor húmedo a quien permanezca dos minutos al sol.
Si dependiéramos del aire, de la naturaleza, de los otros seres humanos, no nos moveríamos. Incluso si nos atacara una horda de hunos, no nos podrían extraer, y eso a duras penas, sino la sangre. La sangre quieta de un pato inconmensurablemente quieto.
Un pato que espera.
Debajo del color celeste del aire, la tarde luce desesperadamente celeste. El escritor tiene debajo de sus ojos una hilera de renglones vacíos. Esperan como el pato, que alguien se pronuncie sobre lo que sea. Que el corazón dé un brinco y que Dios se haga presente de alguna manera. Peor el Señor juega a las escondidas y se aletarga como el escritor y no da señales de existencia. No habrá relámpagos, ni truenos, ni golpes secos y sospechosos en derredor de nuestro personaje.
El pato seguirá esperando.
Deberíamos consignar, para ser sinceros, que existe cierta idea de contagio entre éste aire quieto y nuestro escritor. Una idea de conducta hastiada que, sin permitir acción alguna, elabora la posible gratificación del “ocio creativo”. A su solo enunciado nuestro escritor se agita. El ocio creativo sobrevuela la historia de la literatura y del arte desde el inicio de los tiempos.
El escritor sonríe y continúa quieto como el pato.
Cómo acusar a un pato de nada que no sea bochorno y mal olor. Quieto, el pato representa la perfección griega ajena a la idea de movimiento, el pato se convierte en Zenón de Elea. Ser un pato es entonces un valor absoluto, no serlo es una peligrosa acción de riesgo inaudito o lo que es peor, conocido.
Incluso el pato tiene más mérito que yo, piensa el escritor, pone huevos, huye a la menor señal de peligro, y así, fuera de la escena, me sumerge en la nada.
El aire afuera, si es que existe, no parece necesitar de nadie. No se afinca en nada. No asume rol alguno. No es. El pato sí. El escritor que no escribe no amenaza a nadie con su inacción, el pato es la etapa previa de la etapa previa y así hasta el infinito.
Así se acaba el mundo, no con un estallido, con un gemido.

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