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spacer sumario staff libros archivo enlaces malabia blog correo servicios Año 3 | febrero 2007
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Extinción de la cultura
Cine y desintegración cultural

[cine]

Miguel Machalski



Extinción de la cultura

Aunque innegablemente las problemáticas políticas, económicas, sociales y ecológicas son de primerísima importancia y llaman a ser resueltas rápidamente en los próximos años, so pena de hundir a la humanidad entera en un caos irreversible y apocalíptico, el peligro de la muerte de la cultura se presenta como una amenaza menos espectacular y quizás menos destructora en primera instancia, pero no menos mortífera para la continuidad de la especie y para su identidad profunda. Quienes nos inquietamos por el futuro de nuestros hijos solemos hacer hincapié en su integridad física, su seguridad laboral, su protección social, su bienestar económico, sin preocuparnos tanto por su deshumanización o su idiotización por falta de cultura o por la instauración de una subcultura planetaria y única. En otras palabras, velaríamos por garantizar su supervivencia material sin parecer inquietarnos por su atrofia intelectual y espiritual. Mientras no se produzcan transformaciones profundas –sísmicas incluso– en el modus vivendi del ser humano, básicamente bélico y depredador, no habrá sistema político o económico que se sostenga. El arte, la cultura y la educación son factores clave de esa metamorfosis. Al verse amenazados de extinción –o reducidos a meros productos de consumo–, la posibilidad de transformación se encuentra seriamente comprometida.

imgLa cultura es una de las diversas características que distinguen a los hombres de los animales, pero además, uno de los rasgos no tan numerosos que distinguen a los hombres entre sí, sin por supuesto que eso implique el más mínimo antagonismo. Hilando más fino, podríamos afirmar incluso que cada individuo posee un sistema cultural único, si incluimos dentro de la noción de cultura esa compleja combinación de factores que engloba no sólo un conjunto de referencias colectivas y educativas, sino también la percepción personal, la sensibilidad individual y una reactividad vivencial particular ante estímulos exteriores. Al buscar uniformizar la cultura como bien de consumo de uso masivo, se la va matando. Es hasta cierto punto verosímil –aunque pueda discutirse– que una prenda de ropa resulte confortable para la mayoría de los seres humanos, habida cuenta de las similitudes anatómicas que nos caracterizan a todos. Ya es menos seguro que un mismo sabor guste a todos los paladares, y descabellado pretender que compartamos todos un mismo universo imaginario.

Cultura popular y cultura elitista

El tema se complica ante un discurso defensor de la llamada cultura “popular” en contraposición con la cultura “elitista”. El debate no es nuevo, pero puede ser necesario replantear estos conceptos en el contexto actual donde prima, por encima de cualquiera de esas nociones, la de cultura “de mercado” (que de hecho, al privilegiar el valor mercantil del objeto cultural, no es verdadera cultura, actuando sobre ésta como agente de destrucción).

Es interesante la visión en este sentido del cineasta y analista crítico inglés Peter Watkins, cuya singularidad y radicalismo lo han marginalizado desde hace décadas. Entre otras muchas cosas –sus reflexiones acerca del efecto pernicioso de los medios masivos de comunicación merecen ser leídas en su integralidad (amén de que sus obras cinematográficas son interesantísimas)–, habla de la llamada cultura “popular”, procurando definirla. Lo popular puede definirse, ante todo, por ser accesible a un número cada vez mayor de individuos, algo que permiten las tecnologías de reproducción, de difusión y de distribución de las obras. Si Mozart no fue “popular” en su época, no era fundamentalmente por la dificultad de su lenguaje musical (que es bastante accesible)– o sea no a causa de la forma ni del contenido –sino porque había que formar parte de cierta élite social para llegar simplemente a tener acceso a sus obras. La democratización se confunde aquí con la popularización.

Se suele celebrar la genialidad de Cervantes o de Shakespeare por haber podido adecuarse al gusto popular, sin perder vuelo artístico, pero se olvida que en ese momento histórico el mercado masivo como tal no existía y la cultura popular la configuraban en gran medida los propios artistas y creadores; hoy en día, es el mercado el que la configura, y es a esa configuración llamada abusivamente “cultura popular” a lo que se tienen que someter y atener los artistas si quieren gozar de alguna repercusión o incluso llegar a ver su obra plasmada. Ampliando este razonamiento, al inculcar en el público el gusto, por ejemplo, por programas televisivos de tipo Gran Hermano, se están fijando los parámetros de lo popular: ¿significa esto que los creadores deben entonces adoptar este mismo lenguaje para adaptarse al “gusto popular”?

Educar ante todo

Las cosas se plantean actualmente en otros términos, que tienen que ver con la educación: aunque sigue habiendo sin duda vastos sectores de la población mundial que no tienen acceso a ningún tipo de cultura “universal” (porque cultura autóctona poseen todos), principalmente por estarles vedados los medios de comunicación masiva, se puede decir que la democratización de la cultura se ha generalizado. No hay que confundir esto con una reducción a denominadores mínimos y comunes. Si el “pueblo” lee más los libros de Stephen King que los de José Saramago, o va a ver más fácilmente una superproducción hollywoodense que una película de Abbas Kiarostami, no es sólo por una cuestión de publicidad –que obviamente tiene un peso considerable–, de accesibilidad o de enganche de la “obra” sino también, yendo más al origen de la problemática, porque desde niños y adolescentes se los condiciona como futuros consumidores de determinados productos, habituándolos exclusivamente a un número restringido y prefijado de formas y contenidos.

Por definición, al consumidor hay que limitarle la capacidad crítica y de reflexión, preparándolo sobre todo como receptor descerebrado de publicidad, entendiendo por ésta no sólo los mensajes destinados a vender productos sino toda una semántica y sintaxis literarias, cinematográficas y culturales en general que vehiculan modelos de vida y de pensamiento consensuales. En este sentido, es legítimo establecer un nexo concreto entre “publicidad” y “cultura popular”.

Si se les enseñara a los niños desde pequeños a leer determinada literatura o a ver determinadas películas, bien podría suceder que Kafka o Bergman se convirtieran en “populares”. ¿Por qué entonces no se hace? Pues porque particularmente en literatura (incluidos el teatro y la poesía) y en cine, cuyos contenidos suelen poseer una retórica con sentidos más explícitos, las obras de calidad tienen la particularidad, definitoria de toda obra de arte auténtica, de invitar a la reflexión individual, a la no aceptación de reglas establecidas, a la libertad de pensamiento. Se comprenderá fácilmente que esto no propicia la ductilidad y docilidad necesarias para convertir al individuo en un “buen” consumidor...

Algo que aparece como una idea progresista pero que es en el fondo alarmante es la alfabetización por medio de la prensa escrita (existen programas de este tipo llamados “El diario en la escuela”). Aprender a leer o desarrollar el hábito de la lectura a través de los periódicos puede parecer loable, pero en el fondo no es más que una preparación para que de adultos los individuos acepten más plenamente los contenidos de los medios de comunicación, que son de índole cada vez más propagandística y cada vez menos formadora e informadora.

Cultura autóctona y cultura foránea

A esto se suma la problemática –particularmente intrincada– de lo autóctono versus lo foráneo. En aras de la “excepción cultural”, ese término que en Francia designa la protección de la cultura local ante la invasión de lo extranjero (en este caso fundamentalmente estadounidense), quienes se levantan en defensa de la producción autóctona rechazan lo que representa la hegemonía cultural estadounidense. En la esfera del cine se denuncia la invasión de los “tanques” hollywoodenses en la mayoría de los mercados mundiales, desplazando cada vez más las producciones locales y copando un número creciente de salas. Aunque todos nos vemos fuertemente influenciados por las imágenes y representaciones vehiculadas por estas películas, su obviedad genera cierta reacción, y no son pocas las voces contestatarias que condenan esta situación.

Pero aparecen aquí dos cuestiones contradictorias y espinosas. Por una parte, las películas estadounidenses son eminentemente populares; es más: están meticulosamente calibradas para gustar a un número máximo de espectadores. Quienes defienden lo popular y se oponen a la vez a la invasión de películas americanas se encuentran en una contradicción. La razón es que se confunden nacionalidades con códigos. Lo estadounidense no es popular por ser estadounidense sino por manejar ciertos códigos reductores y chatos. Los chicos del coro es una película francesa que se asemeja al lenguaje cinematográfico hollywoodense en su manejo de lo “popular”, léase, con enganche inmediato y superficial y emociones fácilmente estimuladas y compartidas.

El éxito inmediato de una publicidad eficaz (una eficacia que a menudo tiene más que ver con la omnipresencia y la duración que con la calidad del anuncio publicitario) se traduce a corto plazo en un incremento en las ventas del producto anunciado, pero a largo plazo, presupone un triunfo más insidioso: el de haber ganado una parcela más de receptividad y disponibilidad en la mente del consumidor para todo tipo de publicidad. El verdadero logro de las películas estadounidenses no es el de haberse importado a todos los rincones del planeta, sino el de haber instaurado como universal cierto tipo de lenguaje “popular” banalizador y conformista, de índole esencialmente publicitaria.

No hay mejor manera de consolidar la hegemonía, puesto que los mercados locales buscan reproducir en sus propias producciones las mismas fórmulas exitosas y “populares”. Cada tanto, generan un éxito de taquilla, como la mencionada película francesa o la argentina El hijo de la novia, pero aunque de factura nacional, lo que ambas películas hacen es reforzar un tipo de lenguaje y de receptividad. En este sentido, no hacen más que contribuir a crear un terreno fértil para la perennización de los productos hollywoodenses y de la subcultura planetaria mencionada más arriba. Por otro lado, dentro de los esquemas creados por los propios norteamericanos, es bastante difícil rivalizar con ellos: son los campeones de la fabricación de éxitos de taquilla (por diversas razones; no sólo por la “calidad” del producto).

Porcentualmente, el número de películas exportadas a través del mundo por los Estados Unidos es infinitamente superior al de cualquier otro país. En primera instancia, esto se debe a factores de poderío de mercado y de fuerza publicitaria, pero lo que ha ido ocurriendo es que esta omnipresencia se convierte en sinónimo de universalidad, y una historia “bien narrada” significa “narrada al estilo norteamericano”, que para muchos se ha convertido en una especie de paradigma de excelencia. El discurso de tipo “vamos a demostrar que somos capaces de hacer como ellos” es falaz e ingenuo: los majors estadounidenses se frotan las manos cuando una película extranjera cosecha un éxito mundial utilizando los códigos que ellos han impuesto universalmente.

Colonialismo cultural

El otro problema que surge de la doble dicotomía popular/elitista y autóctono/foráneo es algo que atenta más sutilmente contra la diversidad, y es el fenómeno del colonialismo cultural, o sea el apoyo financiero de países ricos a producciones del tercer mundo siempre que éstas correspondan con una visión etnocentrista que en dichos países se tiene del país de procedencia de la obra subvencionada.

Estamos aquí en terreno resbaladizo. No puede negarse la importancia del aporte de ciertos países del mundo desarrollado – con Francia en primerísimo lugar – que permite el desarrollo e incluso la existencia de ciertas cinematografías (particularmente las africanas, que son las más dependientes de las subvenciones). Pero los peores lobos son los que revisten por momentos apariencia de cordero. La falta de disimulo o de sutileza en el modus imperandi de los Estados Unidos bien puede llegar a ser su perdición, o en todo caso suscita más fácilmente reacciones de oposición. Lo más insidioso del colonialismo cultural al que nos estamos refiriendo es su carácter parcial y puntualmente constructivo.

No pocos cineastas del tercer mundo aspiran a hacer sus películas gracias a estas subvenciones – y cierto es que sin ellas, muy probablemente no lo lograría una buena parte de ellos. Pero las entidades financiadoras del primer mundo suelen manejar criterios de selección rígidos y reductores. Se quiera o no polemizar en torno a la pureza o a la integridad de las intenciones, lo que no se puede obviar es que se impone en estas esferas un formateo diferente pero no necesariamente menos restrictivo que el que exige Hollywood para fabricar sus “tanques”. La contaminación cultural cobra aquí una dimensión insospechada, solapada y, sobre todo, muchas veces inconsciente para los propios perpetradores.

Quizás valga la pena recordar en este contexto las palabras de Nelson Mandela: “Hacer para nosotros, sin nosotros, es hacer contra nosotros”.


Esquizofrenia

Esto pone a los autores ante una disyuntiva compleja, por no decir irresoluble. Como la visión etnocéntrica de los proveedores de fondos impone determinadas representaciones parciales y limitantes, al responder a ella los autores pueden encontrarse “traicionando” a su público local. Cuando se trata de “quedar bien con Dios y con el Diablo”, uno termina invariablemente traicionando a uno o a otro, y en muchos casos, a ambos a la vez. Las creaciones culturales que dependen de financiación extranjera para existir o para difundirse corren muchas veces el peligro de responder a imágenes estereotipadas y de alguna manera inexistentes.

Por otro lado, suelen privilegiarse las representaciones problemáticas de los contextos locales: pobreza, conflictos políticos y sociales, crisis económicas, limitaciones religiosas o culturales, realidades conmocionadas etc. Haciendo estadísticas, nos encontramos con pocos proyectos cinematográficos del tercer mundo que ofrezcan una imagen positiva de los valores autóctonos, y menos aún una sugerencia de que puedan ser superiores a los valores imperantes en los países hegemónicos. No se está hablando aquí de los finales felices o de un optimismo banal, sino de una representación profundamente valorizadora del estilo de vida local y de los vínculos particulares que establecen las poblaciones con la realidad. Es raro, por ejemplo, que una película cubana que cuente con el apoyo de países ricos no rinda cuenta de una manera u otra de los aspectos negativos del régimen político. Igualmente raro es que se ponga de relieve –sin necesariamente legitimar o no dicho régimen– la subsistencia de una calidad de relación humana que se ha perdido en los países más desarrollados, gravemente atrofiados en este sentido, o el hecho (que podría calificarse de “luminoso”) de que la población cubana, a pesar de la escasez de recursos y de la no “rentabilidad” de tal política, beneficia de una educación y de servicios médicos gratuitos.

Concretamente, un cineasta que quiera hacer hincapié en aspectos positivos o establecer con su propia gente una comunicación más cercana a su idiosincrasia nacional (con dimensiones míticas, históricas, culturales muy específicas), encontraría dificultades en obtener financiación extranjera. En este sentido, Asia se diferencia de América Latina y de África (que es el continente más afectado por esta situación colonizadora), pudiendo producir películas más “herméticas” y conformes a una cosmovisión autóctona por poseer un mercado interno más grande y (comparativamente) con mayor poder adquisitivo.


Sintetizando

Tratemos de reunir las proposiciones antedichas en una lógica interrelacionada. Porque detrás de todo esto se está ponderando lo siguiente: ¿cómo producir creaciones culturales representativas de las identidades autóctonas con una propuesta cualitativa (o al menos no supeditada exclusivamente a lo mercantil) de manera viable y sostenible?

1) La destrucción de la cultura sobreviene a raíz de la preponderancia (con visos de exclusividad) de una cultura planetaria esencialmente redituable.

2) Para que esta cultura pueda imponerse a la vez como planetaria y redituable, es indispensable facilitar un acceso masivo a ella y crear un consenso, vale decir, preparar el cerebro de los individuos para acoger determinados lenguajes, códigos y contenidos universalmente aceptables y asimilables.

3) Este acceso se configura en base a un léxico reducido y reductor, claramente circunscrito, simplista y deliberadamente neutralizador de reflexiones personales, que adopta la etiqueta de “cultura popular” pero que es en el fondo de carácter publicitario, destinado sobre todo a crear un mercado, o sea un conjunto de individuos dispuestos a consumir sin plantearse la pertinencia del consumo. El cine constituye uno de los vehículos más eficaces y masivos de esta labor de configuración.

4) Para lograr producir sus obras (particularmente en el ámbito costoso del cine) los creadores muchas veces deben respaldarse en instituciones de financiación o en instancias de coproducción en países ricos, los cuales, conscientemente o no, buscan mantener funcionando cierto sistema de pensamiento.

5) Esto significa que para que un autor logre simplemente darle existencia a su obra, está desde el inicio limitado por diversos factores: su obra debe ser rentable (“mercadeable”), y por ende “popular”. Si está subvencionada desde el exterior (especialmente en el ámbito del cine), debe responder por regla general a criterios de universalidad e internacionalismo que, en el mejor de los casos, responden a estereotipos culturales artificialmente universalizados y en el peor, a las ya mencionadas exigencias de rentabilidad y popularidad.

La conclusión difícilmente puede ser alentadora: frente a esta situación, la cultura y la creación artística se ven en peligro real de desaparición. Aparte de las repercusiones nefastas que esta desaparición puede generar, lo más importante es destacar que es a su vez y ante todo consecuencia de una profunda crisis humana. ¿Se solucionará ésta? No es imposible, pero no basta con desearlo o decirlo: para que ocurra, tendrá que haber un replanteamiento radical de lo que somos como especie y de nuestra dimensión existencial más profunda.

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