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Extinción de la cultura
Cine y desintegración cultural
[cine]
Miguel Machalski
Extinción de la cultura
Aunque innegablemente las problemáticas
políticas, económicas, sociales
y ecológicas son de primerísima
importancia y llaman a ser resueltas rápidamente
en los próximos años, so pena de
hundir a la humanidad entera en un caos irreversible
y apocalíptico, el peligro de la muerte
de la cultura se presenta como una amenaza menos
espectacular y quizás menos destructora
en primera instancia, pero no menos mortífera
para la continuidad de la especie y para su identidad
profunda. Quienes nos inquietamos por el futuro
de nuestros hijos solemos hacer hincapié
en su integridad física, su seguridad laboral,
su protección social, su bienestar económico,
sin preocuparnos tanto por su deshumanización
o su idiotización por falta de cultura
o por la instauración de una subcultura
planetaria y única. En otras palabras,
velaríamos por garantizar su supervivencia
material sin parecer inquietarnos por su atrofia
intelectual y espiritual. Mientras no se produzcan
transformaciones profundas –sísmicas
incluso– en el modus vivendi del ser humano,
básicamente bélico y depredador,
no habrá sistema político o económico
que se sostenga. El arte, la cultura y la educación
son factores clave de esa metamorfosis. Al verse
amenazados de extinción –o reducidos
a meros productos de consumo–, la posibilidad
de transformación se encuentra seriamente
comprometida.
La cultura es una de las diversas características
que distinguen a los hombres de los animales,
pero además, uno de los rasgos no tan numerosos
que distinguen a los hombres entre sí,
sin por supuesto que eso implique el más
mínimo antagonismo. Hilando más
fino, podríamos afirmar incluso que cada
individuo posee un sistema cultural único,
si incluimos dentro de la noción de cultura
esa compleja combinación de factores que
engloba no sólo un conjunto de referencias
colectivas y educativas, sino también la
percepción personal, la sensibilidad individual
y una reactividad vivencial particular ante estímulos
exteriores. Al buscar uniformizar la cultura como
bien de consumo de uso masivo, se la va matando.
Es hasta cierto punto verosímil –aunque
pueda discutirse– que una prenda de ropa
resulte confortable para la mayoría de
los seres humanos, habida cuenta de las similitudes
anatómicas que nos caracterizan a todos.
Ya es menos seguro que un mismo sabor guste a
todos los paladares, y descabellado pretender
que compartamos todos un mismo universo imaginario.
Cultura popular y cultura
elitista
El tema se complica ante un discurso defensor
de la llamada cultura “popular” en
contraposición con la cultura “elitista”.
El debate no es nuevo, pero puede ser necesario
replantear estos conceptos en el contexto actual
donde prima, por encima de cualquiera de esas
nociones, la de cultura “de mercado”
(que de hecho, al privilegiar el valor mercantil
del objeto cultural, no es verdadera cultura,
actuando sobre ésta como agente de destrucción).
Es interesante la visión en este sentido
del cineasta y analista crítico inglés
Peter Watkins, cuya singularidad y radicalismo
lo han marginalizado desde hace décadas.
Entre otras muchas cosas –sus reflexiones
acerca del efecto pernicioso de los medios masivos
de comunicación merecen ser leídas
en su integralidad (amén de que sus obras
cinematográficas son interesantísimas)–,
habla de la llamada cultura “popular”,
procurando definirla. Lo popular puede definirse,
ante todo, por ser accesible a un número
cada vez mayor de individuos, algo que permiten
las tecnologías de reproducción,
de difusión y de distribución de
las obras. Si Mozart no fue “popular”
en su época, no era fundamentalmente por
la dificultad de su lenguaje musical (que es bastante
accesible)– o sea no a causa de la forma
ni del contenido –sino porque había
que formar parte de cierta élite social
para llegar simplemente a tener acceso a sus obras. La democratización se confunde
aquí con la popularización.
Se suele celebrar la genialidad de Cervantes o
de Shakespeare por haber podido adecuarse al gusto
popular, sin perder vuelo artístico, pero
se olvida que en ese momento histórico
el mercado masivo como tal no existía y
la cultura popular la configuraban en gran medida
los propios artistas y creadores; hoy en día,
es el mercado el que la configura, y es a esa
configuración llamada abusivamente “cultura
popular” a lo que se tienen que someter
y atener los artistas si quieren gozar de alguna
repercusión o incluso llegar a ver su obra
plasmada. Ampliando este razonamiento, al inculcar
en el público el gusto, por ejemplo, por
programas televisivos de tipo Gran Hermano, se
están fijando los parámetros de
lo popular: ¿significa esto que los creadores
deben entonces adoptar este mismo lenguaje para
adaptarse al “gusto popular”?
Educar ante todo
Las cosas se plantean actualmente en otros términos,
que tienen que ver con la educación: aunque
sigue habiendo sin duda vastos sectores de la
población mundial que no tienen acceso
a ningún tipo de cultura “universal”
(porque cultura autóctona poseen todos),
principalmente por estarles vedados los medios
de comunicación masiva, se puede decir
que la democratización de la cultura se
ha generalizado. No hay que confundir esto con
una reducción a denominadores mínimos
y comunes. Si el “pueblo” lee más
los libros de Stephen King que los de José
Saramago, o va a ver más fácilmente
una superproducción hollywoodense que una
película de Abbas Kiarostami, no es sólo
por una cuestión de publicidad –que
obviamente tiene un peso considerable–,
de accesibilidad o de enganche de la “obra”
sino también, yendo más al origen
de la problemática, porque desde niños
y adolescentes se los condiciona como futuros
consumidores de determinados productos, habituándolos
exclusivamente a un número restringido
y prefijado de formas y contenidos.
Por definición, al consumidor hay que limitarle
la capacidad crítica y de reflexión,
preparándolo sobre todo como receptor descerebrado
de publicidad, entendiendo por ésta no
sólo los mensajes destinados a vender productos
sino toda una semántica y sintaxis literarias,
cinematográficas y culturales en general
que vehiculan modelos de vida y de pensamiento
consensuales. En este sentido, es legítimo
establecer un nexo concreto entre “publicidad”
y “cultura popular”.
Si se les enseñara a los niños desde
pequeños a leer determinada literatura
o a ver determinadas películas, bien podría
suceder que Kafka o Bergman se convirtieran en
“populares”. ¿Por qué
entonces no se hace? Pues porque particularmente
en literatura (incluidos el teatro y la poesía)
y en cine, cuyos contenidos suelen poseer una
retórica con sentidos más explícitos,
las obras de calidad tienen la particularidad,
definitoria de toda obra de arte auténtica,
de invitar a la reflexión individual, a
la no aceptación de reglas establecidas,
a la libertad de pensamiento. Se comprenderá
fácilmente que esto no propicia la ductilidad
y docilidad necesarias para convertir al individuo
en un “buen” consumidor...
Algo que aparece como una idea progresista pero
que es en el fondo alarmante es la alfabetización
por medio de la prensa escrita (existen programas
de este tipo llamados “El diario en la escuela”).
Aprender a leer o desarrollar el hábito
de la lectura a través de los periódicos
puede parecer loable, pero en el fondo no es más
que una preparación para que de adultos
los individuos acepten más plenamente los
contenidos de los medios de comunicación,
que son de índole cada vez más propagandística
y cada vez menos formadora e informadora.
Cultura autóctona
y cultura foránea
A esto se suma la problemática –particularmente
intrincada– de lo autóctono versus
lo foráneo. En aras de la “excepción
cultural”, ese término que en Francia
designa la protección de la cultura local
ante la invasión de lo extranjero (en este
caso fundamentalmente estadounidense), quienes
se levantan en defensa de la producción
autóctona rechazan lo que representa la
hegemonía cultural estadounidense. En la
esfera del cine se denuncia la invasión
de los “tanques” hollywoodenses en
la mayoría de los mercados mundiales, desplazando
cada vez más las producciones locales y
copando un número creciente de salas. Aunque
todos nos vemos fuertemente influenciados por
las imágenes y representaciones vehiculadas
por estas películas, su obviedad genera
cierta reacción, y no son pocas las voces
contestatarias que condenan esta situación.
Pero aparecen aquí dos cuestiones contradictorias
y espinosas. Por una parte, las películas
estadounidenses son eminentemente populares; es
más: están meticulosamente calibradas
para gustar a un número máximo de
espectadores. Quienes defienden lo popular y se
oponen a la vez a la invasión de películas
americanas se encuentran en una contradicción.
La razón es que se confunden nacionalidades
con códigos. Lo estadounidense no es popular
por ser estadounidense sino por manejar ciertos
códigos reductores y chatos. Los chicos
del coro es una película francesa
que se asemeja al lenguaje cinematográfico
hollywoodense en su manejo de lo “popular”,
léase, con enganche inmediato y superficial
y emociones fácilmente estimuladas y compartidas.
El éxito inmediato de una publicidad eficaz
(una eficacia que a menudo tiene más que
ver con la omnipresencia y la duración
que con la calidad del anuncio publicitario) se
traduce a corto plazo en un incremento en las
ventas del producto anunciado, pero a largo plazo,
presupone un triunfo más insidioso: el
de haber ganado una parcela más de receptividad
y disponibilidad en la mente del consumidor para
todo tipo de publicidad. El verdadero logro de
las películas estadounidenses no es el
de haberse importado a todos los rincones del
planeta, sino el de haber instaurado como universal
cierto tipo de lenguaje “popular”
banalizador y conformista, de índole esencialmente
publicitaria.
No hay mejor manera de consolidar la hegemonía,
puesto que los mercados locales buscan reproducir
en sus propias producciones las mismas fórmulas
exitosas y “populares”. Cada tanto,
generan un éxito de taquilla, como la mencionada
película francesa o la argentina El
hijo de la novia, pero aunque de factura
nacional, lo que ambas películas hacen
es reforzar un tipo de lenguaje y de receptividad.
En este sentido, no hacen más que contribuir
a crear un terreno fértil para la perennización
de los productos hollywoodenses y de la subcultura
planetaria mencionada más arriba. Por otro
lado, dentro de los esquemas creados por los propios
norteamericanos, es bastante difícil rivalizar
con ellos: son los campeones de la fabricación
de éxitos de taquilla (por diversas razones;
no sólo por la “calidad” del
producto).
Porcentualmente, el número de películas
exportadas a través del mundo por los Estados
Unidos es infinitamente superior al de cualquier
otro país. En primera instancia, esto se
debe a factores de poderío de mercado y
de fuerza publicitaria, pero lo que ha ido ocurriendo
es que esta omnipresencia se convierte en sinónimo
de universalidad, y una historia “bien narrada”
significa “narrada al estilo norteamericano”,
que para muchos se ha convertido en una especie
de paradigma de excelencia. El discurso de tipo
“vamos a demostrar que somos capaces de
hacer como ellos” es falaz e ingenuo: los majors estadounidenses se frotan las
manos cuando una película extranjera cosecha
un éxito mundial utilizando los códigos
que ellos han impuesto universalmente.
Colonialismo cultural
El otro problema que surge de la doble dicotomía
popular/elitista y autóctono/foráneo
es algo que atenta más sutilmente contra
la diversidad, y es el fenómeno del colonialismo
cultural, o sea el apoyo financiero de países
ricos a producciones del tercer mundo siempre
que éstas correspondan con una visión
etnocentrista que en dichos países
se tiene del país de procedencia de la
obra subvencionada.
Estamos aquí en terreno resbaladizo. No
puede negarse la importancia del aporte de ciertos
países del mundo desarrollado – con
Francia en primerísimo lugar – que
permite el desarrollo e incluso la existencia
de ciertas cinematografías (particularmente
las africanas, que son las más dependientes
de las subvenciones). Pero los peores lobos son
los que revisten por momentos apariencia de cordero.
La falta de disimulo o de sutileza en el modus
imperandi de los Estados Unidos bien puede llegar
a ser su perdición, o en todo caso suscita
más fácilmente reacciones de oposición.
Lo más insidioso del colonialismo cultural
al que nos estamos refiriendo es su carácter
parcial y puntualmente constructivo.
No pocos cineastas del tercer mundo aspiran a
hacer sus películas gracias a estas subvenciones
– y cierto es que sin ellas, muy probablemente
no lo lograría una buena parte de ellos.
Pero las entidades financiadoras del primer mundo
suelen manejar criterios de selección rígidos
y reductores. Se quiera o no polemizar en torno
a la pureza o a la integridad de las intenciones,
lo que no se puede obviar es que se impone en
estas esferas un formateo diferente pero no necesariamente
menos restrictivo que el que exige Hollywood para
fabricar sus “tanques”. La contaminación
cultural cobra aquí una dimensión
insospechada, solapada y, sobre todo, muchas veces
inconsciente para los propios perpetradores.
Quizás valga la pena recordar en este contexto
las palabras de Nelson Mandela: “Hacer para
nosotros, sin nosotros, es hacer contra nosotros”.
Esquizofrenia
Esto pone a los autores ante una disyuntiva compleja,
por no decir irresoluble. Como la visión
etnocéntrica de los proveedores de fondos
impone determinadas representaciones parciales
y limitantes, al responder a ella los autores
pueden encontrarse “traicionando”
a su público local. Cuando se trata de
“quedar bien con Dios y con el Diablo”,
uno termina invariablemente traicionando a uno
o a otro, y en muchos casos, a ambos a la vez.
Las creaciones culturales que dependen de financiación
extranjera para existir o para difundirse corren
muchas veces el peligro de responder a imágenes
estereotipadas y de alguna manera inexistentes.
Por otro lado, suelen privilegiarse las representaciones
problemáticas de los contextos locales:
pobreza, conflictos políticos y sociales,
crisis económicas, limitaciones religiosas
o culturales, realidades conmocionadas etc. Haciendo
estadísticas, nos encontramos con pocos
proyectos cinematográficos del tercer mundo
que ofrezcan una imagen positiva de los valores
autóctonos, y menos aún una sugerencia
de que puedan ser superiores a los valores imperantes
en los países hegemónicos. No se
está hablando aquí de los finales
felices o de un optimismo banal, sino de una representación
profundamente valorizadora del estilo de vida
local y de los vínculos particulares
que establecen las poblaciones con la realidad.
Es raro, por ejemplo, que una película
cubana que cuente con el apoyo de países
ricos no rinda cuenta de una manera u otra de
los aspectos negativos del régimen político.
Igualmente raro es que se ponga de relieve –sin
necesariamente legitimar o no dicho régimen–
la subsistencia de una calidad de relación
humana que se ha perdido en los países
más desarrollados, gravemente atrofiados
en este sentido, o el hecho (que podría
calificarse de “luminoso”) de que
la población cubana, a pesar de la escasez
de recursos y de la no “rentabilidad”
de tal política, beneficia de una educación
y de servicios médicos gratuitos.
Concretamente, un cineasta que quiera hacer hincapié
en aspectos positivos o establecer con su propia
gente una comunicación más cercana
a su idiosincrasia nacional (con dimensiones míticas,
históricas, culturales muy específicas),
encontraría dificultades en obtener financiación
extranjera. En este sentido, Asia se diferencia
de América Latina y de África (que
es el continente más afectado por esta
situación colonizadora), pudiendo producir
películas más “herméticas”
y conformes a una cosmovisión autóctona
por poseer un mercado interno más grande
y (comparativamente) con mayor poder adquisitivo.
Sintetizando
Tratemos de reunir las proposiciones antedichas
en una lógica interrelacionada. Porque
detrás de todo esto se está ponderando
lo siguiente: ¿cómo producir creaciones
culturales representativas de las identidades
autóctonas con una propuesta cualitativa
(o al menos no supeditada exclusivamente a lo
mercantil) de manera viable y sostenible?
1) La destrucción de la cultura sobreviene
a raíz de la preponderancia (con visos
de exclusividad) de una cultura planetaria esencialmente
redituable.
2) Para que esta cultura pueda imponerse a la
vez como planetaria y redituable, es indispensable
facilitar un acceso masivo a ella y crear un consenso,
vale decir, preparar el cerebro de los individuos
para acoger determinados lenguajes, códigos
y contenidos universalmente aceptables y asimilables.
3) Este acceso se configura en base a un léxico
reducido y reductor, claramente circunscrito,
simplista y deliberadamente neutralizador de reflexiones
personales, que adopta la etiqueta de “cultura
popular” pero que es en el fondo de carácter
publicitario, destinado sobre todo a crear un
mercado, o sea un conjunto de individuos dispuestos
a consumir sin plantearse la pertinencia del consumo.
El cine constituye uno de los vehículos
más eficaces y masivos de esta labor de
configuración.
4) Para lograr producir sus obras (particularmente
en el ámbito costoso del cine) los creadores
muchas veces deben respaldarse en instituciones
de financiación o en instancias de coproducción
en países ricos, los cuales, conscientemente
o no, buscan mantener funcionando cierto sistema
de pensamiento.
5) Esto significa que para que un autor logre
simplemente darle existencia a su obra, está
desde el inicio limitado por diversos factores:
su obra debe ser rentable (“mercadeable”),
y por ende “popular”. Si está
subvencionada desde el exterior (especialmente
en el ámbito del cine), debe responder
por regla general a criterios de universalidad
e internacionalismo que, en el mejor de los casos,
responden a estereotipos culturales artificialmente
universalizados y en el peor, a las ya mencionadas
exigencias de rentabilidad y popularidad.
La conclusión difícilmente puede
ser alentadora: frente a esta situación,
la cultura y la creación artística
se ven en peligro real de desaparición.
Aparte de las repercusiones nefastas que esta
desaparición puede generar, lo más
importante es destacar que es a su vez y ante
todo consecuencia de una profunda crisis humana.
¿Se solucionará ésta? No
es imposible, pero no basta con desearlo o decirlo:
para que ocurra, tendrá que haber un replanteamiento
radical de lo que somos como especie y de nuestra
dimensión existencial más profunda.
arriba
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