Federico Nogara
(Montevideo 1948)
Profesor de inglés y español como segunda lengua. Director de la revista Malabia. Traductor. Escritor. Coordinador de talleres literarios. Articulista en diarios y revistas.
Obra publicada
Desencuentros y búsquedas 1995 Editorial Latina Montevideo. Participación en la antología Poemas y relatos desde el Sur organizada por Aitana Alberti Editorial Carena 2000 Barcelona Regreso al desconcierto Editorial carena 2004 Barcelona.
Algunas Entrevistas
Revista El Pasajero ¿Cuál es tu posición frente a la escritura?
Yo creo que es muy necesario, a esta altura del partido, hacer la diferenciación entre hacer literatura y la escritura. Durante la primera mitad del siglo XX no fue relevante esa diferencia, los escritores generalmente se morían de hambre y escribir era cosa de audaces, de locos. Las familias de clase media se llevaban un enorme disgusto si les salía un hijo escritor. Pero a partir de los noventa (luego de la caída del stalinismo) el sistema capitalista se quedó solo y la cultura pasó a ser entretenimiento y negocio. Hoy el mundo del libro es un cambalache en el que caben presentadores y famosos de la televisión, locutores de radio, periodistas, aristócratas, vividores, y surgen géneros y subgéneros como hongos. Me niego a meter en ese cambalache los 18 años que tardó Joyce en escribir Ulises, la dignidad de Rulfo (escribió un solo libro y varios cuentos y pese a la gran repercusión que tuvo se negó a seguir escribiendo porque, dijo, no tenía nada más que decir), la soledad del gran Faulkner allá en el Sur de USA, las borracheras lúcidas de Bukowski, la actitud de Macedonio Fernández (gran intelectual al que le importaba “un pito” publicar). Escribir lo que se lleva, lo que vende, es cosa de mercado; la literatura es otra cosa.
Revista Errantes ¿Cuáles dirías que son los temas que trascienden en tus relatos?
La soledad, la muerte, lo que debemos ser o no, la confusión, la debilidad del ser humano en una sociedad que le es hostil. En último término, estamos condenados a vivir. Asumir ese riesgo comporta un peligro y eso es lo único que tenemos.
Revista Transiciones ¿Cómo definirías Regreso al desconcierto?
Aclaro que no es un libro sobre el exilio. Si me apuran con una definición diría que el tema central son las diferencias generacionales. Yo soy poco proclive a contar el argumento porque no me considero un contador de historias sino de momentos. Escribo para la reflexión, desde la duda, desde las preguntas.
Algunos artículos
Golpe de Estado y dictadura en Uruguay: La búsqueda de la verdad histórica (Revista Hervidero)
Onetti: La pluma en el país que no existe (Revista Malabia)
Historia y cultura, la asignatura pendiente (Bitácora, suplemento cultural)
El western, génesis del cine (Revista Cine cubano)
Libros
Desencuentros y búsquedas
“El cartero deslizó la carta por debajo de la puerta y el corazón le dio un vuelco. Presentía las letras negras, los garabatos ininteligibles del médico, la sentencia definitiva, el envoltorio de madera, la flor dejada al pasar por una mano piadosa. El sobre avanzó por la habitación y quedó quieto como una paloma carente de cualquier impulso vital. Vaciló. Un rayo de sol, travieso, resbaló por la pared debajo de la ventana. Las manos, sucias de una suciedad más profunda que la que podía limpiar el cortaúñas, las mismas que golpearon al inocente y estrecharon con calidez otras culpables, extremidades horribles terminadas en dedos con uñas, nunca levantadas para protestar, para detener, para decir no, avanzaron al fin cerrándose como garras alrededor del sobre y lo rasgaron, dejando al descubierto la sentencia como las vísceras de un animal al que el carnicero ha abierto en canal. El papel doblado en tres quedó sobre la mesa. Quería leerlo, deseaba terminar de una vez con aquella mala historia, pero era algo tan definitivo, tan sin retorno, que prefirió beber un whisky antes”
Regreso al desconcierto
“Me desperté tirado en el suelo cerca del estanque con el cuerpo aterido. Los rayos del sol naciente eran un alivio insuficiente. Al tratar de sentarme el paisaje pareció intentar moverse. Esperé a que se estabilizara para ponerme de pie y echar a andar. La cabeza y el cuerpo me dolían, el labio, hinchado, ardía como quemado. A mi lado comenzaron a pasar los espectros de la madrugada: vagabundos, carros llenos de basura tirados por caballos, obreros andrajosos de camino a trabajos mal pagos. Se movían entre el verde lujurioso de una naturaleza en plena marcha hacia un esplendor de mañana luminosa. Más allá de las plantas, de los árboles, de los helechos flotando en las aguas quietas, al costado de ciudades iguales a otras ciudades y tan distintas, la playa, y siguiendo largas carreteras o sinuosos caminos los bosques de frutas exóticas, los ríos caudalosos, las montañas. Hitos maravillosos de belleza infinita. Habíamos tenido la desgracia de ser condenados a nacer en el paraíso.
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